César Cueto Villa “El poeta de la zurda”

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Vallejo nos inundó en verso para lo que queda de eternidad. Su palabra, palabra empozando el alma desnuda del Perú, nos miraba llorosa de lejos, Vallejo era todo, más que todo. Más cerca, en las calles de Lima, en los intrínsecos paisajes del virreinal distrito del Rímac, un adolescente de anatomía superflua, resaltando en su semblante una elongada nariz, se descubrió vibrante rociándonos candor y magia, inspirando superiores melodías. El frac como indumentaria hubiera sido lo más apropiado para entonar aquellos himnos reivindicadores de la perfección excelsa que esgrimía su pierna izquierda.

César Cueto, “el poeta de la zurda”, su verso, verso y reverso del fútbol, reinventó la cadencia y la música que el pueblo ávido le reclamaba a la poesía. La ilusión de un poema reposaba en él. Eligió la forma más popular de expresión artesanal, el fútbol, su fútbol, cómplice indiscreto, para esparcir por la sorprendida atmósfera y al ras de amables gramados, sus rimas generosas, susurros circunspectos para nuestros ojos. No obstante, no nos dejó entender, cómo un objeto en su garbosa redondez podía negar los principios de la gravedad y verificar los axiomas de la geometría espacial. Magia. Poesía.

Con caricias y golpes sutiles hacía rodar el balón que, luego, en intima acrobacia, volaba y volaba en un trayecto, aparentemente infinito, irreprochable, dilatando los cánticos atónitos coreados en miles de corazones encendidos sobre la ígnea pasión que conmueve al pueblo, el fútbol.

Las nubes ruborosas que almidonaban el cielo de Lima, su ciudad natal; las montañas amigables de Medellín ciudad que lo idolatró, paisa, para siempre, el pascual guerrero de Cali que lo guarda en su memoria para siempre, albergaron el verbo placido con que roció la desnuda pasión de sus poemas, sollozantes aleteos de nostalgia y reflexiva sensatez en el que comedidos balones se convierten en plumas que abstraídas del viento conviven con la gravedad del verbo enérgico en el que brilla la palabra del Poeta de la Zurda, Don Cesar Augusto Cueto Villa.

Piel caramelo

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En el tronar de un tren sin estación, el resplandor de una luz sin piel, el latido punzante de un corazón que derrama sangre tibia; la oscuridad acecha ocultándose sutil en una sonrisa amagada. Es el cuero del sol hirsuto, adosado a risos claros, a blondas y largas vetas, porque negros son tus ojos y alumbran lento, alto, largo; como sobrio manantial de fuego húmedo, que atiza el cielo con la epístola ilegible en la que me hablabas de amor. Los verdes enanitos.

Amor de piel verano, trunco, en tarde de polvo y pasión árida, de vida cautiva sumergida en naufragios que pululan a tono en los himnos sonoros del rock, que nuestros tiempos nos vieron bailar. Tu piel, mi piel, en poros suaves de fabulas secas y lúbricos sudores, piel en fin, piel de monte, piel de carne, piel de hielo y calor, piel de piel que imanta la distancia.

De tu trigueño ensueño, mestizo, de tus lunares insertos, de tu parpado frío que recita, de tus labios a punto… caramelo, de tu rostro atado al mío, de tu piel bermeja, leona, turbia, suave piel  eriza, careta antigua que absorbe el sabor del beso, respira y gime agonizando en pasión animal bajo la lluvia solazada. Si, de los labios del alma.

Humana virginidad, que enclaustra la angustia de pesares sedientos, locuaces caricias de original pecado, olvidado en la sombra que los surcos de tu fruncido ceño, alojan en un nido arenoso encendido sin poder volar.

Eternidad efímera que rasga tus gestos al amarte, copulativa como la y gramatical, con miedo vacío y vano, por quererte en piel soñarte y sorberte en piel amarte. Para tatuar mi llanto contenido en un azul indeleble y cantar tu piel desnuda. En cada beso prófugo te acordaras de mí, porque “el día en que me faltes me arrancare la vida” recitó candoroso, para el Ecuador, la eternidad y el mundo, don Medardo Ángel Silva.

En-Canto obsceno

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La canción que envuelve el llanto y aprieta en un abrazo la voz apagada del misterio divino. Sí, aquel de agrios frutos pero protuberantes carnes, que padece la amargura del melón de mar, robusto como tu encanto, diáfano al ser tu lagrima; incierto de tu beso vivo que sediento y sin cesar, con la prisa avisa al tiempo que el mar ha regresado en gotas de agua atronando el olvido y mordiendo el pináculo que de pie muere en el horizonte. Vuelve y ríe, porque así aprendió a sufrir incólume, sintiendo en el vacío los amores perdidos, esos sollozos que redimen tus labios de carmín prendido en brasas ardientes, llenas del mes de mayo porque en mayo me desmayo.

Soledad sola, de luz perversa y cabello gris albino, tu lamento artero conjura en un caliente beso, los ardores de aquel cuerpo invicto y convicto, de fragancias sin olor y olores muy húmedos que te visten ligera para dormir del lado omiso y preciso, aquel que vibra y alienta las mieles de trigo blando que cultivas al pensar.

Te oirá el cielo y burlaras sus nubes con sórdida alegría, porque has cantado y le has encantado en el infierno, fonio mixto de coros y melodías con las que bailan ataviados los cuerpos desnudos de piel enjuta y hueso roído, suficiente aspereza que sigue volando y gritando que tus alas promulgaron el viento y ahuyentaron al huracán sin nombre que soplando cantó y cantando bailó, en el nombre de los mirlos que reviven para recitar el canto.

Porque el pájaro que ascendió la rama y aplazó la noche, no resiste tus caricias pero asiste a tus convites, con el laxo encanto que flota en tus jardines, de alegres flores al canto que van de encanto.

Los Colores

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Son los de mi bandera, bandera, bandera, los del límpido cielo que rebosa, de las nubes que dormitan candorosas, de las flores cuando cantan sus pesares y trinan sus beldades, de los cerros cuando gritan su pelaje, los del ancho e inspirador mar,  de tu rostro cuando asoma en la ventana. Son los colores de gama baja y de gama alta, del calor sediento y del templado frío, del ardor serrano y del fogoso verano, son los colores.

Color del aire que gotea pálido de noche, del agua al traspasar mis pensamientos y tus sueños, de las  lágrimas y el dolor, de tu risa y tus encantos, del árbol que deshoja escarabajos, de su tallo margarita, del mundo apretado en un planeta, de todas las gamas y todas las paletas, de los telones y los fondos oscuros, de las ventanas, puertas y paredes de mi pincelada tierra, son los colores.

De tus labios carnosos cuando besan, de tus dientes cuando muerden acariciando, de tus ojos que relamen, de la casa cuando nos cobija de la lluvia en viento, de tu bello cabello y del vidrio cuando encuentra su luz, son los colores, los colores.

Del pelaje animoso del animal, del tren que bosteza su pesar, del amor cuando truena e ilumina, del relámpago que apaga nuestro miedo, de la vida y sus demonios albinos, de la zafra cuando endulza tu sudor, los colores, que colores son los colores.

De la música cuando brilla, llora y vibra en indómitos acordes, del poema que sostiene y lacera el alma en un abrazo, de la suerte que aclamada por las sombras, abriga sonrojada los colores verdaderos, si, esos colores “True colors” que con tanta unción melódica nos cantó un gran británico llamado Phill Collins.

El fuego

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“Fuego en la piel” decía el cantante, salserilmente además, y la piel ardía con el mismo sabor del frio cuando abraza tu cuerpo entumecido por los rayos de luz, que un adusto fogonero aprieta desde el furgón metálico que refriega tus encandilados poros. Fuego salsero e ígneo cercano al proverbio y, porque no, a punto de ser adverbio. Pero, fue por proverbial que vino a cantar nuestros días, arrastrado por el aire de nuestros antiguos cercanos predecesores. Sí, por azares de la casualidad elíptica no llegó a ser verbo ardiente, pero lo sublime, lo bailado, ni lo comido, no se lo quita ni quitara nadie, no.

De tus llamas ígneas y amarillentas por azules, florecieron supremas ascuas que ahogadas en tu regazo flamearon la transparencia omnímoda que enamora al tiempo, ese infiel invento del hombre que segundo a segundo desmenuza los azarosos minutos que alteran tu diario pensamiento. Quemar quisieras la herida que supura el dolor del alma flagelada por los dientes de un fogoso ardor involuntario.

Dolor que arde y entibia la costra viva donde tu voz quedó grabada cual tatuaje verde-azulino-grisáceo, que por minúsculo e indeleble se consume ignoto en las brasas de la ira del promiscuo tiempo, el mismo tiempo que justo a tiempo transpiró el humo que vibrante alardeaba en el aire impuro, desde donde cantándole a la vida quemabas con ardor lo que el fénix como ave alcanzó a legar desde sus grises cenizas.

Si señor, “Solamente, cenizas quedaron” lo dice con unción, en un entonado y tradicional huayno de mi tierra, la pluma del doctor Moisés Castillo Villanueva. Y lo cantaremos por siempre los huaracinos con inusitado ardor.

Antigua, la ciudad del tiempo

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He arrastrado todos mis pasos a través de los puntiagudos adoquines que tapizan tus entrañas. Bajo la encrucijada de paredes y portones envueltos en colores esquivos, se han desplegado lánguidas tus calles, con un cándido orgullo colonial de fachadas que mecen la carne del tiempo que fue tiempo, arquitecturas que le arrostran al cielo tu aire conmovido de señorial villa colonial.

Y a pesar del atasco que gime en la historia, fuiste, Antigua, un designio arbitrario del tiempo que sigue siendo tiempo en tus venas de aire cálido que persigue a tiempo un tiempo. Antigua, villa que duermes apacible en Guatemala y te conmueves revuelta en las estrías adormecidas del empedrado colonial que revive en tus ruinas vivas y eternas, la amable búsqueda de perpetuidad.

Cada tramo de tus pliegues arquitectónicos, clama agudos sonidos rugiendo bajo la gris cadencia de los pasos aletargados que te atraviesan. Las piezas de un pasado tejido en la inocua serenidad del tiempo, se ruborizan inclementes en la sombra que despliega el sol sobre los siglos arrastrados bajo el escozor de los ayeres, cubierto por la pasividad de atardeceres que encienden la estela ubérrima de un aquietado horizonte.

Antigua, los colores delatando el ríspido murmullo del tiempo en lejanía, empujan el sosiego de la historia que regresa en el riguroso atavío de tus ruinas que cantan insólitas tu pasado, reclaman lo que son, y declaman que seguirán siendo el refugio más sereno para los recuerdos teñidos por el espurio dolor que insaciable se extravía en el silencio monótono que estalló en tus muros rompiendo la soledad del tiempo.  

Antigua, cuando tus fundadores cantaron melodías que atronaron los finos cristales estampados de tus templos, su voz coral de armonioso temple encendió, de nuevo, la llama que persiste a tiempo en el tiempo. Tu tiempo Antigua. 

San Pedro Sula, 30 de agosto de 2021

El Chorri Palacios

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El balón extendía por el aire su rubor altivo, proyectado con la recia caricia que un arpegio despliega en los tonos más melódicos, vibraba bajo la tensa presión de sus esféricas fibras soñando su destino. El Gol. Los giros cadenciosos que domaban su trayecto, mecían los pliegues de sus curvaturas. La gravedad inmersa en su sorpresa se apretaba magnética bajo los rigores geométricos que la envuelven.

El Gol se voceaba en el murmullo multitudinario, inminente desde el freno cadencioso del balón irreverente al aterrizar raspando y destemplando la pasmada red. Su última parada. El vocabulario de la lengua cervantina no alcanzó para bautizar este acto de alta gama artística. Fue del verbo popular, sumido en trance, que emergió el nuevo sustantivo para nuestro hispánico idioma: “El Chorrigolazo”, rubricado por un prójimo de menudo físico, pero envuelto en un coraje inobjetable: Roberto Carlos Palacios Mestas, El Chorrillano Palacios.

La historia comenzó en el distrito limeño de Chorrillos, prodigo en pescadores y héroes, pero, esta vez, nos envió un futbolista adolescente de físico esmirriado y bigote incipiente, prodigo en talento y pundonor, que registró su estampa para el resto de la eternidad en los corazones excelsos de la afición, El Chorri. Albergado en el tradicional distrito del Rímac, embadurnó su piel de un celeste tono pasión, que pronto devino en tatuaje indeleble en el Perú entero, que lo idolatró. Después: México, Ecuador, Brasil, Colombia e incluso Arabia Saudita gozaron, también, de su encantamiento.

El Chorri del amor. El Amor, verbo acariciado por la poesía, era ajeno al fútbol, hasta el pródigo día en que El Chorrillano, ataviado con la franja bicolor, detonó un Chorrigolazo, estampando, para siempre, en su sudoroso pecho la frase que devino en proverbio nacional: “Te amo Perú”. Nos transportó hasta el incontestable infinito de sueños visibles, juntos corazones de millones de peruanos temblando destemplados, gritando desmedidos en la orza emoción que desgarra el alma.

San Pedro Sula, 12 de agosto de 2021

Recordando al niño que seré

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Desperté de un sueño, envuelto en un destino ya vivido, los recuerdos apretando intensos mi memoria, desparramaban los años en el volátil espacio que se alza adusto desde mi esmirriado cuerpo hasta alcanzar en el porvenir su ilimitada extensión.  En el escozor de esos recuerdos dormita la extensa atmósfera grisácea, cuyas nubes han parido día a día mi frugal niñez, creciendo sobre el polvo efímero derramado de la redondez de piedras ariscas que ruedan tiernas marcando los caminos.

Mi imaginación tejía imprescindibles historias para esconder deseos puros, expresando anhelos aurorales. La maraña de colores que pueblan en desorden la naturaleza, tropezaba en el miedo empapado de vértigo profundo, como la sagaz catarata, donde yacen los amores de seda, grabando los besos más glaciales con caricias que cincelan temblorosamente la piel embadurnada en miel de campo. El maltrecho muñeco de peluche puja su silbido en la flagrante noche que late oscura bajo la luna que refleja su cascarón rugoso de amorfo crepúsculo apagado.

Las razones del cuerpo renunciando a su propia luz, el brillo de la mente huyendo para soslayar la fatiga inaudita exhalada a destiempo. Las heridas chispeantes de embates en crueles batallas oscilan en el futuro vivido. Soldadito de plomo erguido, indómito en cada arremetida de las huestes que porfían con regresarlo al futuro. Es el frío abrazo del abrigo piadoso que nos sumerge en el infinito con un precario perdón reclamado al tiempo en presente continuo.

Las flores reflejadas en mi rostro, el agua bordoneando el deseo efímero que vuela plegando el viento, derrapando en los meandros ceñidos y escabrosos del tiempo, bajo la sombra apretada de la palabra que intenta desgravar las emociones insondables en su cadente latido. Me es revelada la mirada opaca y triste que alumbró tosca mis deseos más puros.

San Pedro Sula, 27 de junio de 2021

Tu mirada intimidante

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El incandescente pálpito de tu mirada brilló rotundo, un resplandor inerte me intimidó, se dispersaron al infinito las opacas semillas maduras ancladas en mi sensible anatomía. La memoria extenuada se impulsó fulgurante: como el relámpago que alumbra cercanos recuerdos me devolvió la luna plateada de noches calurosas, de besos aplazados. En su fulgente fragor, el cristal de tu mirada traspasó las carnes belfas que conviven inevitables con el furor de la piel. Quiero succionar, cálido, la ciruela más fresca desbocada en el rocío de agua lluvia. Tus labios.

Tu mirada intimidante habló con la brevedad que estalla en los sentidos al juzgar las emociones trémulas. Turbado, arañé la rugosa estría en la que vierto la sangre vaga que fluye tímida ahogando versos ardorosos. Tus ojos reclaman la palabra exacta que se apaga temerosa en la noche de estrellas puntiagudas del intenso cielo. El brillo de tu mirada guardará nuestro destino cobijado en el recuerdo del oscurecer sosegado, bajo el rastro mojado por tus huellas cómplices de mis batallas, mis derrotas. Dice el autor: “de derrota en derrota hasta la victoria final”.

Al dormir, tu mirada se plegará a la voz fatigada que detiene los instantes, diciéndole a la noche que no habrá oscuridad en tu recuerdo. Las berenjenas flotaran en el pajonal incendiado que surca el pedestre camino, pasa por el cementerio y nos conduce al palomar de nidos tenues, de enigmas, silencios, deseos vividos a expensas del destino. Mis palabras.

Si tú me dices ven, lo dejo todo, canta el bolero. Y yo sufro álgido las notas ruidosas que al derramarse en el aire me conmueven, dejando en cada paso una huella que no borra mi palabra, mi afecto, mi unción intimidada por el efímero silencio, sumergido en la espuma más breve de la cerveza que convoca la nostalgia. Tu mirada lo es todo, como todo era para Vallejo, la palabra.

San Pedro Sula, 19 de junio de 2021

El café de la mañana

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El café diurno hierve a borbotones mordiendo la algarabía de la mañana fresca, bulle el aroma resumiendo en sus vapores la sensación placentera que tu respiro inspira. Mientras, el sol proyecta sus dadivas excitando el cándido aire desplegado a tu alrededor, bruñendo las superficies más lisas, rostros demudados que descansan sobre la brillante claridad atrapada por la cálida mirada vertida desde tus tórridos ojos mañaneros.

Sus aromas bramantes surcan caóticamente el espacio almidonado que transpira absorto. Las burbujas inquietas absorben en su pálida redondez, los austeros colores del líquido que, en su ensimismada laxitud, sufragará a tu amable cuerpo una interminable fruición hasta el siguiente café. Te sentirás encaramada en la cúspide del monte más avieso, mirando el horizonte cuya línea disimula la lejana y superflua razón de un néctar que te abraza sin capitular.

Al libar desde el fervor de tus instintos, las migas más ásperas del pan diurno atosigan tu garganta superflua, rugiendo esquivas sobre tus glándulas agazapadas en la elongación húmeda de esa cavidad que cobija tus antojos. El brebaje perpetuo embriaga piadoso la seca sed que arrastras desde la álgida noche en que pernoctaste con sueños ambiguos. Se dilatarán tus pálpitos como mantequilla untada resbalosa sobre un desmigajado pan.

Es tu destino tejido en el primer café del día, resoplando urgido el tono compungido de sonidos melódicos, que activan ajetreados tu paladar mojado en los recuerdos de caminos inesperados circundando el desordenado enjambre de tu adormecida mañana. La sed masculla bajo el seco sabor del salival, un café cargado en su negro candor presumiendo su garbo, meciéndose en tu vida insomne se sumerge afligido en la masa de agua removida, conmovida, sedada por los aromas intensos que te reflejan atónita en la superficie que nos seda bajo el sabor de tu presencia.

San Pedro Sula, 13 de junio de 2021 

En la cornisa del exceso

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Vi tu cuerpo atolondrado, sacudido en la inconformidad de aquellos rizos azabache que hirsutos alfombraban de razones nuestras breves emociones. Ágiles y encorvadas, gatunas, se desplegaron las ansias compungidas en un aleteo agitado, sumergido bajo el ritmo cardiaco que se somete al rigor de arterias fecundas, fluyendo embriagadas por el caudal furioso que arrastra los más espesos pensamientos.

Abruptas tentativas rebajadas desde los instintos mayores, despejaban sudorosas los caminos, girando como un péndulo que dilata su decisión entre el encanto intrigante de lo prohibido y el absorbente rigor del canto agudo de los deseos que absorben el lamento mutilado de la ilusión. En la tregua distante de efímeros trastornos, tu mente quedó fatigada por el asombro extendido de la costumbre. Calientes son los densos laberintos que se ahogan en la mazmorra de los sentimientos excesivos.  

Salpicados por el rubor de la noche lluviosa, clamaste a la luna escondida exigiéndole que derrame su aliento, regando suspiros incoloros para manchar las hojas más frondosas de las sombras adulteras, donde esconde su sonrisa Pandora la griega que, en su más fecunda mezquindad, solo nos dejó la esperanza estrujada por sus espartanos, decididos a linchar la solaz estampa grabada en la comisura de tus labios impacientes incitando el terso bronce de tu piel.

El estallido voluptuoso y perturbador seccionó cada palpito eterno, salpicando de dudas elocuentes apretadas con piel, los frescos ladrillos emplazados en las inauditas concavidades que apuntalan la maciza caterva conformada en tu cuerpo eufórico. Mojados los nidos escabrosos, dejaste pernoctar a duendes sumergidos arañando exhaustos, a su paso, las paredes desteñidas de colores desplazados a las aceras resbalosas del crepúsculo más dócil.

Flotando han quedado en la cornisa más aviesa las voces que cantan la plegaria gemida en oración, por todas las aves apostadas en las ramas que dejó el otoño de mi paraíso.

San Pedro Sula, 1 de mayo de 2021

El bastón añoso del maestro

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Bastón añoso que, al posar descolorido en las esquinas efímeras, recuerdas cuando presionado desde tu báculo arqueado, arrastraste sus recuerdos aglomerados en el tiempo. Brota de tu piel brillosa, el polvo arisco envuelto por el sudor viscoso que embadurna las estrías opacadas en la sombra cobijada por los rincones insulsos que te albergan. Marchitas, a veces, las flores azoradas por la lluvia te vieron pasar por los aposentos, acompañando las lágrimas de sus cálidos ojos bajo el viento adormecido por sus pasos.

Bastón lóbrego que paseaste acompasado, sin ocultar las penas de su terrenal soledad, remembranzas desplegadas en los afiebrados caminos surcados por fríos solemnes, que tensan las cuerdas de amores insólitos no olvidados. Su voz gemía con rigor erudito, amortiguando los alaridos que se aferran con sosiego interminable al nudoso báculo que corona en tu empuñadura, la acera insípida de la nostalgia desdeñosa que ocupa el círculo primaveral, cercado por árboles apacibles que abanican la ira del viento.

Sangrante tu madera de árbol disipado, se vistió de coraje para convertirse en hueso erecto, atosigando tu cuerpo con afán, para amortiguar el insufrible arte de arrastrar, bajo el peso alado de sus pasos, la melancolía entera reposada en su altiva mente. 

Paseaste, en suma, su vejez, ahuyentando el delirio cuerdo que se diluye a través de los años que la vida desparrama, como el incienso perfumado de los sueños ajetreados por la aurora de cada mañana. Has merodeado la incertidumbre pastoreada como hojas que se niegan al siguiente otoño, para caer como alfombra descolorida al envolver las sombras enardecidas por la quimera fantasiosa que se fue con los días de su infancia. Su camino es indistinto, el destino es inerme. Debe llegar en su hora porque su tiempo no se detendrá ni con los reparos del escarmiento.

Quito, 9 de abril de 2021

Hugo Alejandro Sotil Yerén “El Cholo”

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Un balón era el juguete preciado que azotaba sus desvelos, noches humildes de sueños uniformes que abrazaban menudos mundos, indagando en la esperanza la existencia de variados universos que pernoctan en el espasmo de un invierno, disimulando fantasías que contagian con nitidez cualquier imaginación amable. Un sueño verbalizado con la palabra sustantiva: fútbol, poblando sus anhelos.

Hugo Alejandro, “El Cholo” Sotil, blandiendo su inflamado tórax, desde los pastos gramados que no se riegan en los parques y de los suelos polvorientos de la ciudad periférica, llegó a gambetearlo todo. Amagaba las mentes de los descreídos, como no amagan ni los ríos secos cuando llega la lluvia. Poblador de a pie, crecido bajo la sombra de una herejía, la herejía del regate que es capaz de zarandear la lógica de Aristóteles, escabulléndose frugal de las más versadas anatomías atléticas que susceptibles se consumían bajo la desazón de sus pesados cuerpos.

Certeros los críticos, anticipaban en presagios ladinos las salidas siempre previstas, pero un sagaz cholo y humilde, versado en el estridente color de los barrios populares de sabores versátiles, irrumpía álgido en aquella Lima, la virreinal, de tardes de verano con cielo pintado en color panza de burro y noches cálidas en marzo; en la condal Barcelona de catalanes tersos, de veranos e inviernos cimbreantes en color, desencriptando todos los signos crispados del juego, para, gozoso, ante el absorto murmullo de la muchedumbre, esculpir su perpetuo seudónimo: “El Cholo”, en la cúspide más alta de la popularidad y la fanfarria que festeja el pueblo.   

La memoria arrastra para siempre la imagen del garbo desmesurado de un cuerpo removiendo los vacíos que acechaban su esperanza, un juego dúctil y hechicero de magia transversal, amagándole a la vida con la insolencia de una danza cimbreante que nos regaló algarabía pura envuelta en el distintivo que lo catapultó a la eternidad: “El Cholo”.

San Pedro Sula, 13 de febrero de 2021

El Camino

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En cada paso atormentado sobre la ruta despejada acariciabas tus insanas dudas. Los signos encriptados del zodiaco camuflados en tus huellas silentes, marcaban la senda estriada de una estela dibujada por la cadencia indolente de tu cuerpo esbelto en el aire hilvanado por la verdad oscura.

Era el camino distendido del deseo, serpenteando las fisuras que se anuncian en las curvas estiradas como sollozos de macizas paredes que enmarcan el perfil arqueado de un destino mezquino e indolente, pero de extraña levedad que sobrevive en las quejas evaporadas de tus sombras.

El arrebato insigne del hereje que clama enfurecido las proclamas de Spinoza para subvertir la impropia renuncia a los dioses, empasta los caminos indomables con el sudor flagrante que enjuaga los angostos tramos por el que transitan, ya sin dudas, los sueños que moran incómodos en los refugios del dios de Spinoza.

Extraños arrebatos adormecen la pasión mermando el color de la sangre que enrojece el asolado camino, escarnio socavado por los ásperos aullidos que conmueven, el lecho superfluo empedrado, agitando la calma insípida de tu cimbreante voz en el inhóspito descanso de la ruta.

El dócil aroma que emana la flor desgarrada en el hervor caluroso pronunciado por tus pasos, dibuja el jardín opaco en el que conocimos a escondidas la exaltación del otoño. Arenga rígida al color de las hojas más preciadas sembradas para cultivar tus tardes. Se han nublado mis ojos al sujetar las piedras que se desprenden breves en el regazo apretado de la desdicha pasajera tejida en el camino. En cada paso el viento sujeta la amenaza que enfría tu piel, sesgo atronador de inviernos atolondrados conmoviendo tus zancadas. La apacible oscuridad de nuestros perversos sueños repletos de llagas que se aplastan sumisas en el vértigo sublime que nos conduce al destino señalado.