Piel caramelo

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En el tronar de un tren sin estación, el resplandor de una luz sin piel, el latido punzante de un corazón que derrama sangre tibia; la oscuridad acecha ocultándose sutil en una sonrisa amagada. Es el cuero del sol hirsuto, adosado a risos claros, a blondas y largas vetas, porque negros son tus ojos y alumbran lento, alto, largo; como sobrio manantial de fuego húmedo, que atiza el cielo con la epístola ilegible en la que me hablabas de amor. Los verdes enanitos.

Amor de piel verano, trunco, en tarde de polvo y pasión árida, de vida cautiva sumergida en naufragios que pululan a tono en los himnos sonoros del rock, que nuestros tiempos nos vieron bailar. Tu piel, mi piel, en poros suaves de fabulas secas y lúbricos sudores, piel en fin, piel de monte, piel de carne, piel de hielo y calor, piel de piel que imanta la distancia.

De tu trigueño ensueño, mestizo, de tus lunares insertos, de tu parpado frío que recita, de tus labios a punto… caramelo, de tu rostro atado al mío, de tu piel bermeja, leona, turbia, suave piel  eriza, careta antigua que absorbe el sabor del beso, respira y gime agonizando en pasión animal bajo la lluvia solazada. Si, de los labios del alma.

Humana virginidad, que enclaustra la angustia de pesares sedientos, locuaces caricias de original pecado, olvidado en la sombra que los surcos de tu fruncido ceño, alojan en un nido arenoso encendido sin poder volar.

Eternidad efímera que rasga tus gestos al amarte, copulativa como la y gramatical, con miedo vacío y vano, por quererte en piel soñarte y sorberte en piel amarte. Para tatuar mi llanto contenido en un azul indeleble y cantar tu piel desnuda. En cada beso prófugo te acordaras de mí, porque “el día en que me faltes me arrancare la vida” recitó candoroso, para el Ecuador, la eternidad y el mundo, don Medardo Ángel Silva.

En-Canto obsceno

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La canción que envuelve el llanto y aprieta en un abrazo la voz apagada del misterio divino. Sí, aquel de agrios frutos pero protuberantes carnes, que padece la amargura del melón de mar, robusto como tu encanto, diáfano al ser tu lagrima; incierto de tu beso vivo que sediento y sin cesar, con la prisa avisa al tiempo que el mar ha regresado en gotas de agua atronando el olvido y mordiendo el pináculo que de pie muere en el horizonte. Vuelve y ríe, porque así aprendió a sufrir incólume, sintiendo en el vacío los amores perdidos, esos sollozos que redimen tus labios de carmín prendido en brasas ardientes, llenas del mes de mayo porque en mayo me desmayo.

Soledad sola, de luz perversa y cabello gris albino, tu lamento artero conjura en un caliente beso, los ardores de aquel cuerpo invicto y convicto, de fragancias sin olor y olores muy húmedos que te visten ligera para dormir del lado omiso y preciso, aquel que vibra y alienta las mieles de trigo blando que cultivas al pensar.

Te oirá el cielo y burlaras sus nubes con sórdida alegría, porque has cantado y le has encantado en el infierno, fonio mixto de coros y melodías con las que bailan ataviados los cuerpos desnudos de piel enjuta y hueso roído, suficiente aspereza que sigue volando y gritando que tus alas promulgaron el viento y ahuyentaron al huracán sin nombre que soplando cantó y cantando bailó, en el nombre de los mirlos que reviven para recitar el canto.

Porque el pájaro que ascendió la rama y aplazó la noche, no resiste tus caricias pero asiste a tus convites, con el laxo encanto que flota en tus jardines, de alegres flores al canto que van de encanto.

Los Colores

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Son los de mi bandera, bandera, bandera, los del límpido cielo que rebosa, de las nubes que dormitan candorosas, de las flores cuando cantan sus pesares y trinan sus beldades, de los cerros cuando gritan su pelaje, los del ancho e inspirador mar,  de tu rostro cuando asoma en la ventana. Son los colores de gama baja y de gama alta, del calor sediento y del templado frío, del ardor serrano y del fogoso verano, son los colores.

Color del aire que gotea pálido de noche, del agua al traspasar mis pensamientos y tus sueños, de las  lágrimas y el dolor, de tu risa y tus encantos, del árbol que deshoja escarabajos, de su tallo margarita, del mundo apretado en un planeta, de todas las gamas y todas las paletas, de los telones y los fondos oscuros, de las ventanas, puertas y paredes de mi pincelada tierra, son los colores.

De tus labios carnosos cuando besan, de tus dientes cuando muerden acariciando, de tus ojos que relamen, de la casa cuando nos cobija de la lluvia en viento, de tu bello cabello y del vidrio cuando encuentra su luz, son los colores, los colores.

Del pelaje animoso del animal, del tren que bosteza su pesar, del amor cuando truena e ilumina, del relámpago que apaga nuestro miedo, de la vida y sus demonios albinos, de la zafra cuando endulza tu sudor, los colores, que colores son los colores.

De la música cuando brilla, llora y vibra en indómitos acordes, del poema que sostiene y lacera el alma en un abrazo, de la suerte que aclamada por las sombras, abriga sonrojada los colores verdaderos, si, esos colores “True colors” que con tanta unción melódica nos cantó un gran británico llamado Phill Collins.

El fuego

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“Fuego en la piel” decía el cantante, salserilmente además, y la piel ardía con el mismo sabor del frio cuando abraza tu cuerpo entumecido por los rayos de luz, que un adusto fogonero aprieta desde el furgón metálico que refriega tus encandilados poros. Fuego salsero e ígneo cercano al proverbio y, porque no, a punto de ser adverbio. Pero, fue por proverbial que vino a cantar nuestros días, arrastrado por el aire de nuestros antiguos cercanos predecesores. Sí, por azares de la casualidad elíptica no llegó a ser verbo ardiente, pero lo sublime, lo bailado, ni lo comido, no se lo quita ni quitara nadie, no.

De tus llamas ígneas y amarillentas por azules, florecieron supremas ascuas que ahogadas en tu regazo flamearon la transparencia omnímoda que enamora al tiempo, ese infiel invento del hombre que segundo a segundo desmenuza los azarosos minutos que alteran tu diario pensamiento. Quemar quisieras la herida que supura el dolor del alma flagelada por los dientes de un fogoso ardor involuntario.

Dolor que arde y entibia la costra viva donde tu voz quedó grabada cual tatuaje verde-azulino-grisáceo, que por minúsculo e indeleble se consume ignoto en las brasas de la ira del promiscuo tiempo, el mismo tiempo que justo a tiempo transpiró el humo que vibrante alardeaba en el aire impuro, desde donde cantándole a la vida quemabas con ardor lo que el fénix como ave alcanzó a legar desde sus grises cenizas.

Si señor, “Solamente, cenizas quedaron” lo dice con unción, en un entonado y tradicional huayno de mi tierra, la pluma del doctor Moisés Castillo Villanueva. Y lo cantaremos por siempre los huaracinos con inusitado ardor.

El Camino

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En cada paso atormentado sobre la ruta despejada acariciabas tus insanas dudas. Los signos encriptados del zodiaco camuflados en tus huellas silentes, marcaban la senda estriada de una estela dibujada por la cadencia indolente de tu cuerpo esbelto en el aire hilvanado por la verdad oscura.

Era el camino distendido del deseo, serpenteando las fisuras que se anuncian en las curvas estiradas como sollozos de macizas paredes que enmarcan el perfil arqueado de un destino mezquino e indolente, pero de extraña levedad que sobrevive en las quejas evaporadas de tus sombras.

El arrebato insigne del hereje que clama enfurecido las proclamas de Spinoza para subvertir la impropia renuncia a los dioses, empasta los caminos indomables con el sudor flagrante que enjuaga los angostos tramos por el que transitan, ya sin dudas, los sueños que moran incómodos en los refugios del dios de Spinoza.

Extraños arrebatos adormecen la pasión mermando el color de la sangre que enrojece el asolado camino, escarnio socavado por los ásperos aullidos que conmueven, el lecho superfluo empedrado, agitando la calma insípida de tu cimbreante voz en el inhóspito descanso de la ruta.

El dócil aroma que emana la flor desgarrada en el hervor caluroso pronunciado por tus pasos, dibuja el jardín opaco en el que conocimos a escondidas la exaltación del otoño. Arenga rígida al color de las hojas más preciadas sembradas para cultivar tus tardes. Se han nublado mis ojos al sujetar las piedras que se desprenden breves en el regazo apretado de la desdicha pasajera tejida en el camino. En cada paso el viento sujeta la amenaza que enfría tu piel, sesgo atronador de inviernos atolondrados conmoviendo tus zancadas. La apacible oscuridad de nuestros perversos sueños repletos de llagas que se aplastan sumisas en el vértigo sublime que nos conduce al destino señalado.

Las 4 Estaciones

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Me desvisto de Otoño surfeando en cada hoja restregada delante de sus ojos, los vientos arriman la historia para envolverla con la tempestad de su cariño. He desgarrado las frutas de temporada burlando en su sabor embriagado los destinos impresos sobre el pétalo en el que el otoño no reparó.  Se encaraman en el poema las frases leves con las que habrá de palpitar su cuerpo, consuela saber que en el futuro inminente ascenderán los sauces.  

Me duelo blando de un Invierno que cobija celos calurosos bajo pesadas mantas blancas abrazándome desde el frío paladar; sentidos adormecidos, sin luz, chispeando alertas con el zumbido cadencioso de cada latido apagado aunque despierto en la melancólica estación regada como el trigo en atmósfera dudosa. Glacial impertinente desglosando el barato amor que me ofreció en la penumbra azarosa de la oración anónima recitada en formas hipnóticas que sumergen nuestra identidad pérdida.

Corazón envanecido de Verano dilatado en los cuerpos que esparcen amigablemente su sangre, en días alargados, por los meandros escabrosos de la conciencia herida. Urgencias salpicando la piel enrojecida por ásperas huellas de la radiante cicatriz en la que grabó su nostalgia contusa. Los colores en su brillo caliente laten sutiles vibrando encantados sobre la piel que absorbe sedienta los pétalos en flor que renacen en el manglar amorfo que nos cobija bajo la mirada infiel de la eternidad.

Flor de Primavera encendida que exclama en relámpagos las luces de un amanecer flotante en la alegría tórrida del madrigal, pintando la mancha clara que descubre el cielo bajo la próspera faz de crudos tallos compungidos en su erecta impostura. Reclaman las horas vacías el signo crepuscular vespertino que marcará nuestro destino en los colores estacionales que hemos soñado porque adosan nuestra intimidad en la armonía musical que se despliega ancha sobre la faz primaveral de nuestra melancolía.

La Dama Breve

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Desbastan sus palabras despejadas por la enhiesta inspiración ¿nocturna?, con la delicadeza que esboza el pincel al remar incólume sobre los lienzos absortos en los que teje abstractos colores para el alma breve. Es la Dama Breve, arrinconada en los atisbos inquietos de la piel que la arrastra con vértigo y la encarama en las sombras del verbo lascivo, por los cauces aletargados de la pasión gestual derramada en gotas breves (otra vez) bajo la música onerosa de su cadencia también breve.

La Dama Breve, pellizca indolente con afiladas garras las cicatrices dormidas bajo insolentes tatuajes que se extienden perfumados sobre el cerco redimido por la frase consecuente que emerge oxigenada desde su oscuro diván silente, exclamando aforismos tendidos, estirados para declararme libre por el resto de una noche endosada al pecado. Se presagian intensos sudores endulzados que empalagaran la memoria excitada por los vinos descorchados en la atmósfera desnuda que al expandirse embriaga cómplice.

La Dama Breve conmina en su levedad breve, luciendo en su propia intensidad la elocuencia de los jacintos florecidos cuyo aroma se dilata sobre los helechos tupidos donde se enredan los sueños escabrosos; arbustos coloreados, transparentes estallando en suspiros exhalados con cada oración cantada en signos que colapsan cualquier voz. Vibran blandas nuestras venas, agitando tozudas la sangre áspera que tiñe ávida los encantos demorados en la antesala desolada donde dormitan las penas.

Breve, la Dama interpela con crudeza los gemidos obscenos, salivados de suspiros escondidos en los versos que envuelven sus palabras. Descaro que estimula los colores bajo el brillo mate que reclama la insolencia de las sombras poseídas por el viento en el que danza la arena. La cornisa, también breve, emerge por el cielo y alumbra la copla breve de Dama adherida al pincel empapado de palabras que pintan de ficción las fantasías.

El leve aroma de su piel curvada

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Exhalaba sin fatiga el insípido sabor de la indiferencia que se arrastra lóbrega como bronce fundido de sables filudos. Suspiraba vehemente contemplando la brasa fugaz atizada por el viento ondulante que golpea el aire tímido; gemidos calados incitaban los trazos que dominan el horizonte, desbordando el pudor vivaz de las sangrantes llagas vestidas con la cicatriz inexplorable, abrazando las curvas de su piel.

Era su aroma tupido diluyendo inquebrantable los recuerdos magros, regándolos en la espesa atmósfera de encrespadas fragancias. Enredado en laberintos encapotados de oscuridad, éste aroma colmaba con su canto transpirado las lánguidas sombras disipadas por las penas densas de extraño color, que teñía suave las curvas excitadas de la piel reseca en la cara amorfa que la endeble cicatriz encierra tímida.

La leve esencia de su aroma interminable templaba la calma, una tos breve resonaba perdida en la fragilidad cimbreante y escasa que deviene de la ausencia. Aroma oculto en los celosos escarceos que se agitan escarbando las raíces olientes de un pasado ausente. Los álamos lejanos al olfato trémulo, acopiaban ofuscados los sabores degustados en el abrazo escabroso del perfume que le ungía desnuda, eterna.

La incógnita consistencia de la lluvia que no moja, pero humedece la hoja arrugada que embadurna su piel cicatrizada posaba soñolienta en las curvas espontaneas, reflejando el brillo obtuso de su estirada levedad. Quedaban los atisbos deprimidos de la intrascendente caricia entre lágrimas regresando absortas, deprimidas por la desolación que agobiaba en la nostalgia su leve aroma que niega el tiempo.

Su respiración transitoria olfateaba mentiras compensando las extrañas promesas extraviadas en la punzante oscuridad, mentiras transgrediendo sus sensibles fantasías, arruinando sumarias excursiones dilatadas por los altibajos que descubrían los surcos curvados de su vientre, agolpados en profundas ilusiones insospechadas, portando sus profundos aromas hasta la rendición sumaria de su propia eternidad.

Angustiado viajero

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La respiración escamoteada por cada balbuceo fugado de aquellos labios vibrantes, el destello espurio e incontinente de sus proclamas sollozando, épicas, quejas fortuitas estallando en los latidos de su mente: fantasías engendradas en sueños de intenso color, incubadas en la imaginación desnudada por extrañas coincidencias, apáticas paradojas presumiendo de realidad en un otoño de hojas fermentadas por la vehemencia del destino que florece en sus sueños prestados que encendidos se agitan. Plegarias anodinas del viaje que compensan su insensata candidez.

El viajero angustiado, cavando, apurado, senderos atrofiados en atajos esquinados de miradas reposadas, opacas; eternidad difuminada en la densa ráfaga de pétalos violeta, sumergidos en el aciago trajín del péndulo inquieto que zozobra en la tormenta tupida de itinerarios intransigentes. Pesado viento que empasta desiertos con dunas polvorientas en la azarosa confusión de arenas doradas del atardecer. Verdes praderas adormecidas por el frío que abraza aletargado, salpicando blandas caricias de resaca fresca en el encrespado destino que asoma vencido por azar de las circunstancias.

Escollos regados con desordenado afán que trazan sinuosos rumbos deformes en la noche, menguados por la sensatez de lunas refulgentes de mezquina luz que afloja, perversa, la extensión del horizonte desvelando con angustia la verdad estricta de las siguientes paradas. El viaje deseado, la hora esperada, angustias acomodadas que al pugnar enérgicas tropiezan estridentes con la ansiedad del viajero que cabalga ávido sobre escarceos nimios que aprietan su cuerpo con el saladillo sabor de esperanza saciada por trayectos enfrentados.

Viajes en espera gambeteando rumbos ásperos hacia destinos esquivos que trascienden la flagrancia de los tiempos. Dantesca tarea de hurgar en la estéril ingenuidad irradiada por las gentes, los paisajes aturdidos que destiñen su perfil vaciado en climas abrazando la sutil abstracción de la soledad de sabores y pastos coloreados. Armonía melancólica que te aloja desnudo en la confusa eternidad.

Pecado en la orilla

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Flotaba tu sombra en las insignes aguas tórridas de cristal manso que cruje sonoro; se abrazaron los sueños fríos con los olores agotados que aprietan toda nostalgia turgente. La flor de día, entumecida por recuerdos pausados, se bañaba impetuosa en el trajín fatigado por el clamor muy herido de los gemidos palpitantes de tu escuálida voz. Agua empozada empalagando a gotas la orilla del pecado.

Manto acuoso, espejo huraño que brota con la opacidad insulsa de tibias chispas, para transgredir tu reflejo escondido; estruendo verduzco de tallos espigados que sumergen tus álgidas pestañas y cimbran erectos, atónitos.  Oscuras miradas meciéndose para romper la quietud vespertina que acecha con rubor insidioso los calores del pecado cometido en la orilla bajo el pasivo arbusto protector.

El llanto arrasador, comprometiendo la palidez de tu rostro, surfeaba en los tramos fruncidos donde pernoctan recónditos los romances núbiles de embrollo inextricable. Reposa en el reflejo brilloso de tu piel erizada las balas que dispara el agua empozada con la oración del silencio enérgico. Urgente necesidad de liberar ilusiones que se apagan cuando el sol anuncia su caída grávida en el confín más oscuro del horizonte azul estero y nubes.

Enaltecido el corazón se aferró imberbe a la escabrosa piedra arañada en la orilla grumosa de colores encharcados en el alma. Derrochabas fantasías germinadas en tu ingenua mocedad, arrastrando el tiempo hacia el futuro entumecido en las cavidades que te ahogan, empozada por la lluvia del cielo distractor. Las flores, testigos cándidos del sentimiento, ordenan el recuerdo en la eterna caricia que se ilumina en tus noviembres.

Más, tu reflejo ha creado un mundo capaz de complacer tu vanidad y extenderla por todo tu cuerpo ligero, que aprende en pie puntillas a orar en versos surcados por la afonía estridente que sulfata con promesas vacuas, las aguas estancadas del lago baladí envuelto en el disimulado fragor del pliegue geométrico de nuestras sombras.

La Bahía de San Francisco

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El transito matinal de un recién arribado, posando en tus calles la fatiga del extenso viaje, distingue el perfil sinuoso con atmósferas truncadas por lluvias de mampuestos sobrios que opacan los paisajes aledaños. Te descubres entera como la ciudad a la que se llega cubierto de sosiego avivado por ilusiones que acarician, bajo los enérgicos emblemas que albergan la célebre bahía en la costa occidental del subcontinente norteamericano. San Francisco.

Trasciende el latido agitado de tu corazón urbano incrustado en las urgidas estructuras de acero, abrazadas por máscaras de concreto, encerradas en diáfanos cristales que despliegan perturbadas sombras de geometría solapada, inocuos mantos rociando el ánimo prevalente que estimula la memoria para inmortalizar en el recuerdo, el acento sonoro de imágenes iridiscentes, de jugosa fruta fresca impasible al paladar dormido que explosiona los sentidos. De los aromas de color y el movimiento frugal que hierve con el trajín del alquitrán en las entrañas del Barrio Chino.

Tus aires impregnados con tatuajes icónicos, tambaleantes en sus trazos de expresiva historia, salpicados por vientos apacibles en el acongojado caminar que arrastra el alquitrán de calles y avenidas hasta la coquetería de la Pequeña Italia, donde se adhieren los blandos pasos en atolondrado ritmo que asciende y desciende sumergido en el olfato teñido de emociones y razas que visten la feria donde pernoctan los colores más puros, de impetuosos calores que adornan las vívidas costas pedantes de tu flagrante geografía.

Salve bahía de concavidades contenidas, de islotes de rocosa altivez acurrucados tras el mítico e icónico puente de oro que te reluce brillando. Bebiendo insaciable las indómitas olas crestudas de ese pacífico océano invisible en su allende extensión, guiñándole a la historia de la infamia con solo unas brazadas que te acercan a Alcatraz, mítico presidio cuyo concreto y acero predestino vidas paralelas a la virtud de la ley, su aplicación y sus consecuencias.

Álgida espuma de cerveza

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En una blanca cavidad espumosa se columpian abrazadas, atómicas burbujas emergentes, unidas por una displicencia concupiscente en animado hervor de energías írritas, despachando a sus anchas el dorado sabor mojado que navega ufano en el vaso de cerveza, envase hermético que contiene atosigadas ansias de sed atiborrada transitando desde los más profundos e intensos pliegues de una anatomía en permanente velo.

Se advierte con rígida atención, el ácido desdén que emerge en equilibrio húmedo y explota impaciente los fruncidos fuelles del paladar que se ahogará inminente en el enfado salivoso, envoltura fatigada de los celos carnosos, desesperados por el candor esquivo con aroma reflejado en el cristal pasmoso de transparencia brillante bajo el incontrastable reflejo y las húmedas sensaciones que nacen de la carne.

El vaso se adensa mecido por su propio esfuerzo, domando el tiempo hasta convertirlo en el esqueleto seductor de un jarro tieso que tritura la inquebrantable transpiración aguda de aire vago, ofuscado. Reposa, álgida espuma, en la cándida sombra brillante y ríspida, embutida de color sin nitidez, arrimada por los anchos y escarpados resuellos del espurio paladar amedrentado que se resigna a la fiera necesidad de los cuerpos.

Encendidos de esperanza, los circuitos abruptos alertan el transito mágico de efluvios tercamente fríos. La álgida espuma va a pasar raspando, cual beso, abriendo la compuerta de toda anatomía elocuente, donde los versos se mesclan bajo la sombra de un poema interminable, pernoctando breve en el regazo para yacer en forma de verbo espumoso, agitado en la soportable levedad de lo imperecedero.

Macerado el corazón en suave luz, se despoja del frío hasta domar por completo el sabor de un beso resignado, que vierte el mar en gotas a través de esos ojos indiscretos en los que se desgarra el llanto y se revierte la espuma mojando el lodo que nos abraza a cada instante.

El trayecto del peñasco

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El furor denso te arrastró. Peñasco espontaneo, indomable, zarandeando el polvo incontenible y espeso, embriagante e imborrable en los trechos templados del escuálido cauce serpenteante de tu pedregoso trayecto; un rumbo azaroso que te guía adormecido, arrastrando la sombra atónita, crujiente, creciente incólume en la soledad despechada. Trajín intocable que envuelve los cuerpos inertes, atascados por la opacidad del tiempo, infiel testigo en el paisaje guardián de su furia.

Tu dermis corrompida de cráteres dolorosos, resoplaba sordas exclamaciones al rebotar sobre las estrías trágicas del camino rodado, donde la palabra escocida se carboniza necia en su propia incertidumbre de verbo que presagia sufrimiento. Te derramas entero, peñasco, pesado y masivo, llenando el lecho húmedo, muy frío, que la naturaleza parió sucumbiendo con olor de flor sexagenaria a la luz que besa desde el cielo. Un color pálido en el espacio arredrado finge contener la furia.

El tiempo cimbreante entre las dos orillas, balancea la distancia respirando el aire mínimo que alienta tu recelo. Respiras agitado, tu próximo tu destino cercano y tembloroso, enlodado, muy oscuro, que durará un instante de otoño envuelto de eternidad. Sentimientos impuros atrapan el oxígeno aplastando las espesas ramas del enigma efímero de ilusiones disipadas en la solapa del viento blanco que te asfixia.

Rodante esfuerzo desplegado, peñasco, sujetado en las estribaciones incompletas de la orilla caliente, de rostro espeso e inconforme, postrado en el olvido, mordido por la intemperie desdeñosa. Espíritu agrietado por razones obsoletas que absorben las dudas y se te incrustan, peñasco, como la esfinge deforme, en el lodoso y blando lecho del río aquel que moja los ásperos recuerdos, aplastado por tu prominente volumen que atosiga con su peso inerme, siempre allí en la constelación de nubes que gimen recordando los tiempos en que tu voz aplanaba nuestros sentimientos.

La ruta azarosa

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Descalzo, pies pasmados, sobre las brasas azarosas en fragor ígneo y traslucido, refugias el dolor agónico apretado de ceniza leve que se esparce en desorden, serpenteando el polvo sudoroso de soledad que estalla en astillas de candor ceniciento, azotado en desnudez por los sueños contraídos en tristeza. Se te estrujan los sentidos arrastrándose ebrios, perdidos en la ruta donde celos mendigantes, contritos, ungidos por los huesos condensados, absorben atónitos la luz despedazada en átomos que se adosan perversos a los pliegues de tu sombra opaca pero fatal. Es azaroso el camino, compungido persigue al destino aletargado en la memoria adormecida como la lápida tumbada en el perdón.

La brusca huella traza el rastro en tu camino mondado por el tiempo, esgrimes las llamas afiladas del aliento turbulento, asido en el pecado caluroso que devora los rituales sin solemnidad, abrupto, y después derrite el rencor del aire, y te relame desesperadamente la piel. Prosigues enfurecido, envuelto en el manto mágico de una canción ceñida al verso, caminando sobre el alquitrán viscoso de olor vespertino, durmiendo la emoción turbada que se expresa displicente en el sueño desvalido. La geografía de tu ruta se ensaña voluptuosa y enlodada con breve rubor, siempre ajena al consuelo del jamás, donde los años infinitos te seducen temblorosos, bajo el olor del llanto que sucumbe a lágrimas del desdén y los gestos de tu rostro abrupto. Se han clavado los verbos en tu frente.

El ámbar te tiñe el camino, pinta de sed los paisajes, colorea las ganas insaciables de abortar los sentimientos, bajo la bruma insípida que grisácea mendiga el incierto sabor del destino escondido. Ruta perdida en cada paisaje de jacintos que se abren eternas en flor, de todos los colores, para perseverar mirando el infinito sin menguar en ansiedad, buscando la ruta más azarosa que de tregua y te acerque a esa vida que no tiene destino.