César Cueto Villa “El poeta de la zurda”

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Vallejo nos inundó en verso para lo que queda de eternidad. Su palabra, palabra empozando el alma desnuda del Perú, nos miraba llorosa de lejos, Vallejo era todo, más que todo. Más cerca, en las calles de Lima, en los intrínsecos paisajes del virreinal distrito del Rímac, un adolescente de anatomía superflua, resaltando en su semblante una elongada nariz, se descubrió vibrante rociándonos candor y magia, inspirando superiores melodías. El frac como indumentaria hubiera sido lo más apropiado para entonar aquellos himnos reivindicadores de la perfección excelsa que esgrimía su pierna izquierda.

César Cueto, “el poeta de la zurda”, su verso, verso y reverso del fútbol, reinventó la cadencia y la música que el pueblo ávido le reclamaba a la poesía. La ilusión de un poema reposaba en él. Eligió la forma más popular de expresión artesanal, el fútbol, su fútbol, cómplice indiscreto, para esparcir por la sorprendida atmósfera y al ras de amables gramados, sus rimas generosas, susurros circunspectos para nuestros ojos. No obstante, no nos dejó entender, cómo un objeto en su garbosa redondez podía negar los principios de la gravedad y verificar los axiomas de la geometría espacial. Magia. Poesía.

Con caricias y golpes sutiles hacía rodar el balón que, luego, en intima acrobacia, volaba y volaba en un trayecto, aparentemente infinito, irreprochable, dilatando los cánticos atónitos coreados en miles de corazones encendidos sobre la ígnea pasión que conmueve al pueblo, el fútbol.

Las nubes ruborosas que almidonaban el cielo de Lima, su ciudad natal; las montañas amigables de Medellín ciudad que lo idolatró, paisa, para siempre, el pascual guerrero de Cali que lo guarda en su memoria para siempre, albergaron el verbo placido con que roció la desnuda pasión de sus poemas, sollozantes aleteos de nostalgia y reflexiva sensatez en el que comedidos balones se convierten en plumas que abstraídas del viento conviven con la gravedad del verbo enérgico en el que brilla la palabra del Poeta de la Zurda, Don Cesar Augusto Cueto Villa.

Piel caramelo

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En el tronar de un tren sin estación, el resplandor de una luz sin piel, el latido punzante de un corazón que derrama sangre tibia; la oscuridad acecha ocultándose sutil en una sonrisa amagada. Es el cuero del sol hirsuto, adosado a risos claros, a blondas y largas vetas, porque negros son tus ojos y alumbran lento, alto, largo; como sobrio manantial de fuego húmedo, que atiza el cielo con la epístola ilegible en la que me hablabas de amor. Los verdes enanitos.

Amor de piel verano, trunco, en tarde de polvo y pasión árida, de vida cautiva sumergida en naufragios que pululan a tono en los himnos sonoros del rock, que nuestros tiempos nos vieron bailar. Tu piel, mi piel, en poros suaves de fabulas secas y lúbricos sudores, piel en fin, piel de monte, piel de carne, piel de hielo y calor, piel de piel que imanta la distancia.

De tu trigueño ensueño, mestizo, de tus lunares insertos, de tu parpado frío que recita, de tus labios a punto… caramelo, de tu rostro atado al mío, de tu piel bermeja, leona, turbia, suave piel  eriza, careta antigua que absorbe el sabor del beso, respira y gime agonizando en pasión animal bajo la lluvia solazada. Si, de los labios del alma.

Humana virginidad, que enclaustra la angustia de pesares sedientos, locuaces caricias de original pecado, olvidado en la sombra que los surcos de tu fruncido ceño, alojan en un nido arenoso encendido sin poder volar.

Eternidad efímera que rasga tus gestos al amarte, copulativa como la y gramatical, con miedo vacío y vano, por quererte en piel soñarte y sorberte en piel amarte. Para tatuar mi llanto contenido en un azul indeleble y cantar tu piel desnuda. En cada beso prófugo te acordaras de mí, porque “el día en que me faltes me arrancare la vida” recitó candoroso, para el Ecuador, la eternidad y el mundo, don Medardo Ángel Silva.

En-Canto obsceno

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La canción que envuelve el llanto y aprieta en un abrazo la voz apagada del misterio divino. Sí, aquel de agrios frutos pero protuberantes carnes, que padece la amargura del melón de mar, robusto como tu encanto, diáfano al ser tu lagrima; incierto de tu beso vivo que sediento y sin cesar, con la prisa avisa al tiempo que el mar ha regresado en gotas de agua atronando el olvido y mordiendo el pináculo que de pie muere en el horizonte. Vuelve y ríe, porque así aprendió a sufrir incólume, sintiendo en el vacío los amores perdidos, esos sollozos que redimen tus labios de carmín prendido en brasas ardientes, llenas del mes de mayo porque en mayo me desmayo.

Soledad sola, de luz perversa y cabello gris albino, tu lamento artero conjura en un caliente beso, los ardores de aquel cuerpo invicto y convicto, de fragancias sin olor y olores muy húmedos que te visten ligera para dormir del lado omiso y preciso, aquel que vibra y alienta las mieles de trigo blando que cultivas al pensar.

Te oirá el cielo y burlaras sus nubes con sórdida alegría, porque has cantado y le has encantado en el infierno, fonio mixto de coros y melodías con las que bailan ataviados los cuerpos desnudos de piel enjuta y hueso roído, suficiente aspereza que sigue volando y gritando que tus alas promulgaron el viento y ahuyentaron al huracán sin nombre que soplando cantó y cantando bailó, en el nombre de los mirlos que reviven para recitar el canto.

Porque el pájaro que ascendió la rama y aplazó la noche, no resiste tus caricias pero asiste a tus convites, con el laxo encanto que flota en tus jardines, de alegres flores al canto que van de encanto.

Los Colores

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Son los de mi bandera, bandera, bandera, los del límpido cielo que rebosa, de las nubes que dormitan candorosas, de las flores cuando cantan sus pesares y trinan sus beldades, de los cerros cuando gritan su pelaje, los del ancho e inspirador mar,  de tu rostro cuando asoma en la ventana. Son los colores de gama baja y de gama alta, del calor sediento y del templado frío, del ardor serrano y del fogoso verano, son los colores.

Color del aire que gotea pálido de noche, del agua al traspasar mis pensamientos y tus sueños, de las  lágrimas y el dolor, de tu risa y tus encantos, del árbol que deshoja escarabajos, de su tallo margarita, del mundo apretado en un planeta, de todas las gamas y todas las paletas, de los telones y los fondos oscuros, de las ventanas, puertas y paredes de mi pincelada tierra, son los colores.

De tus labios carnosos cuando besan, de tus dientes cuando muerden acariciando, de tus ojos que relamen, de la casa cuando nos cobija de la lluvia en viento, de tu bello cabello y del vidrio cuando encuentra su luz, son los colores, los colores.

Del pelaje animoso del animal, del tren que bosteza su pesar, del amor cuando truena e ilumina, del relámpago que apaga nuestro miedo, de la vida y sus demonios albinos, de la zafra cuando endulza tu sudor, los colores, que colores son los colores.

De la música cuando brilla, llora y vibra en indómitos acordes, del poema que sostiene y lacera el alma en un abrazo, de la suerte que aclamada por las sombras, abriga sonrojada los colores verdaderos, si, esos colores “True colors” que con tanta unción melódica nos cantó un gran británico llamado Phill Collins.

El fuego

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“Fuego en la piel” decía el cantante, salserilmente además, y la piel ardía con el mismo sabor del frio cuando abraza tu cuerpo entumecido por los rayos de luz, que un adusto fogonero aprieta desde el furgón metálico que refriega tus encandilados poros. Fuego salsero e ígneo cercano al proverbio y, porque no, a punto de ser adverbio. Pero, fue por proverbial que vino a cantar nuestros días, arrastrado por el aire de nuestros antiguos cercanos predecesores. Sí, por azares de la casualidad elíptica no llegó a ser verbo ardiente, pero lo sublime, lo bailado, ni lo comido, no se lo quita ni quitara nadie, no.

De tus llamas ígneas y amarillentas por azules, florecieron supremas ascuas que ahogadas en tu regazo flamearon la transparencia omnímoda que enamora al tiempo, ese infiel invento del hombre que segundo a segundo desmenuza los azarosos minutos que alteran tu diario pensamiento. Quemar quisieras la herida que supura el dolor del alma flagelada por los dientes de un fogoso ardor involuntario.

Dolor que arde y entibia la costra viva donde tu voz quedó grabada cual tatuaje verde-azulino-grisáceo, que por minúsculo e indeleble se consume ignoto en las brasas de la ira del promiscuo tiempo, el mismo tiempo que justo a tiempo transpiró el humo que vibrante alardeaba en el aire impuro, desde donde cantándole a la vida quemabas con ardor lo que el fénix como ave alcanzó a legar desde sus grises cenizas.

Si señor, “Solamente, cenizas quedaron” lo dice con unción, en un entonado y tradicional huayno de mi tierra, la pluma del doctor Moisés Castillo Villanueva. Y lo cantaremos por siempre los huaracinos con inusitado ardor.

En la cornisa del exceso

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Vi tu cuerpo atolondrado, sacudido en la inconformidad de aquellos rizos azabache que hirsutos alfombraban de razones nuestras breves emociones. Ágiles y encorvadas, gatunas, se desplegaron las ansias compungidas en un aleteo agitado, sumergido bajo el ritmo cardiaco que se somete al rigor de arterias fecundas, fluyendo embriagadas por el caudal furioso que arrastra los más espesos pensamientos.

Abruptas tentativas rebajadas desde los instintos mayores, despejaban sudorosas los caminos, girando como un péndulo que dilata su decisión entre el encanto intrigante de lo prohibido y el absorbente rigor del canto agudo de los deseos que absorben el lamento mutilado de la ilusión. En la tregua distante de efímeros trastornos, tu mente quedó fatigada por el asombro extendido de la costumbre. Calientes son los densos laberintos que se ahogan en la mazmorra de los sentimientos excesivos.  

Salpicados por el rubor de la noche lluviosa, clamaste a la luna escondida exigiéndole que derrame su aliento, regando suspiros incoloros para manchar las hojas más frondosas de las sombras adulteras, donde esconde su sonrisa Pandora la griega que, en su más fecunda mezquindad, solo nos dejó la esperanza estrujada por sus espartanos, decididos a linchar la solaz estampa grabada en la comisura de tus labios impacientes incitando el terso bronce de tu piel.

El estallido voluptuoso y perturbador seccionó cada palpito eterno, salpicando de dudas elocuentes apretadas con piel, los frescos ladrillos emplazados en las inauditas concavidades que apuntalan la maciza caterva conformada en tu cuerpo eufórico. Mojados los nidos escabrosos, dejaste pernoctar a duendes sumergidos arañando exhaustos, a su paso, las paredes desteñidas de colores desplazados a las aceras resbalosas del crepúsculo más dócil.

Flotando han quedado en la cornisa más aviesa las voces que cantan la plegaria gemida en oración, por todas las aves apostadas en las ramas que dejó el otoño de mi paraíso.

San Pedro Sula, 1 de mayo de 2021

El bastón añoso del maestro

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Bastón añoso que, al posar descolorido en las esquinas efímeras, recuerdas cuando presionado desde tu báculo arqueado, arrastraste sus recuerdos aglomerados en el tiempo. Brota de tu piel brillosa, el polvo arisco envuelto por el sudor viscoso que embadurna las estrías opacadas en la sombra cobijada por los rincones insulsos que te albergan. Marchitas, a veces, las flores azoradas por la lluvia te vieron pasar por los aposentos, acompañando las lágrimas de sus cálidos ojos bajo el viento adormecido por sus pasos.

Bastón lóbrego que paseaste acompasado, sin ocultar las penas de su terrenal soledad, remembranzas desplegadas en los afiebrados caminos surcados por fríos solemnes, que tensan las cuerdas de amores insólitos no olvidados. Su voz gemía con rigor erudito, amortiguando los alaridos que se aferran con sosiego interminable al nudoso báculo que corona en tu empuñadura, la acera insípida de la nostalgia desdeñosa que ocupa el círculo primaveral, cercado por árboles apacibles que abanican la ira del viento.

Sangrante tu madera de árbol disipado, se vistió de coraje para convertirse en hueso erecto, atosigando tu cuerpo con afán, para amortiguar el insufrible arte de arrastrar, bajo el peso alado de sus pasos, la melancolía entera reposada en su altiva mente. 

Paseaste, en suma, su vejez, ahuyentando el delirio cuerdo que se diluye a través de los años que la vida desparrama, como el incienso perfumado de los sueños ajetreados por la aurora de cada mañana. Has merodeado la incertidumbre pastoreada como hojas que se niegan al siguiente otoño, para caer como alfombra descolorida al envolver las sombras enardecidas por la quimera fantasiosa que se fue con los días de su infancia. Su camino es indistinto, el destino es inerme. Debe llegar en su hora porque su tiempo no se detendrá ni con los reparos del escarmiento.

Quito, 9 de abril de 2021

Hugo Alejandro Sotil Yerén “El Cholo”

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Un balón era el juguete preciado que azotaba sus desvelos, noches humildes de sueños uniformes que abrazaban menudos mundos, indagando en la esperanza la existencia de variados universos que pernoctan en el espasmo de un invierno, disimulando fantasías que contagian con nitidez cualquier imaginación amable. Un sueño verbalizado con la palabra sustantiva: fútbol, poblando sus anhelos.

Hugo Alejandro, “El Cholo” Sotil, blandiendo su inflamado tórax, desde los pastos gramados que no se riegan en los parques y de los suelos polvorientos de la ciudad periférica, llegó a gambetearlo todo. Amagaba las mentes de los descreídos, como no amagan ni los ríos secos cuando llega la lluvia. Poblador de a pie, crecido bajo la sombra de una herejía, la herejía del regate que es capaz de zarandear la lógica de Aristóteles, escabulléndose frugal de las más versadas anatomías atléticas que susceptibles se consumían bajo la desazón de sus pesados cuerpos.

Certeros los críticos, anticipaban en presagios ladinos las salidas siempre previstas, pero un sagaz cholo y humilde, versado en el estridente color de los barrios populares de sabores versátiles, irrumpía álgido en aquella Lima, la virreinal, de tardes de verano con cielo pintado en color panza de burro y noches cálidas en marzo; en la condal Barcelona de catalanes tersos, de veranos e inviernos cimbreantes en color, desencriptando todos los signos crispados del juego, para, gozoso, ante el absorto murmullo de la muchedumbre, esculpir su perpetuo seudónimo: “El Cholo”, en la cúspide más alta de la popularidad y la fanfarria que festeja el pueblo.   

La memoria arrastra para siempre la imagen del garbo desmesurado de un cuerpo removiendo los vacíos que acechaban su esperanza, un juego dúctil y hechicero de magia transversal, amagándole a la vida con la insolencia de una danza cimbreante que nos regaló algarabía pura envuelta en el distintivo que lo catapultó a la eternidad: “El Cholo”.

San Pedro Sula, 13 de febrero de 2021

El Camino

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En cada paso atormentado sobre la ruta despejada acariciabas tus insanas dudas. Los signos encriptados del zodiaco camuflados en tus huellas silentes, marcaban la senda estriada de una estela dibujada por la cadencia indolente de tu cuerpo esbelto en el aire hilvanado por la verdad oscura.

Era el camino distendido del deseo, serpenteando las fisuras que se anuncian en las curvas estiradas como sollozos de macizas paredes que enmarcan el perfil arqueado de un destino mezquino e indolente, pero de extraña levedad que sobrevive en las quejas evaporadas de tus sombras.

El arrebato insigne del hereje que clama enfurecido las proclamas de Spinoza para subvertir la impropia renuncia a los dioses, empasta los caminos indomables con el sudor flagrante que enjuaga los angostos tramos por el que transitan, ya sin dudas, los sueños que moran incómodos en los refugios del dios de Spinoza.

Extraños arrebatos adormecen la pasión mermando el color de la sangre que enrojece el asolado camino, escarnio socavado por los ásperos aullidos que conmueven, el lecho superfluo empedrado, agitando la calma insípida de tu cimbreante voz en el inhóspito descanso de la ruta.

El dócil aroma que emana la flor desgarrada en el hervor caluroso pronunciado por tus pasos, dibuja el jardín opaco en el que conocimos a escondidas la exaltación del otoño. Arenga rígida al color de las hojas más preciadas sembradas para cultivar tus tardes. Se han nublado mis ojos al sujetar las piedras que se desprenden breves en el regazo apretado de la desdicha pasajera tejida en el camino. En cada paso el viento sujeta la amenaza que enfría tu piel, sesgo atronador de inviernos atolondrados conmoviendo tus zancadas. La apacible oscuridad de nuestros perversos sueños repletos de llagas que se aplastan sumisas en el vértigo sublime que nos conduce al destino señalado.

Las 4 Estaciones

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Me desvisto de Otoño surfeando en cada hoja restregada delante de sus ojos, los vientos arriman la historia para envolverla con la tempestad de su cariño. He desgarrado las frutas de temporada burlando en su sabor embriagado los destinos impresos sobre el pétalo en el que el otoño no reparó.  Se encaraman en el poema las frases leves con las que habrá de palpitar su cuerpo, consuela saber que en el futuro inminente ascenderán los sauces.  

Me duelo blando de un Invierno que cobija celos calurosos bajo pesadas mantas blancas abrazándome desde el frío paladar; sentidos adormecidos, sin luz, chispeando alertas con el zumbido cadencioso de cada latido apagado aunque despierto en la melancólica estación regada como el trigo en atmósfera dudosa. Glacial impertinente desglosando el barato amor que me ofreció en la penumbra azarosa de la oración anónima recitada en formas hipnóticas que sumergen nuestra identidad pérdida.

Corazón envanecido de Verano dilatado en los cuerpos que esparcen amigablemente su sangre, en días alargados, por los meandros escabrosos de la conciencia herida. Urgencias salpicando la piel enrojecida por ásperas huellas de la radiante cicatriz en la que grabó su nostalgia contusa. Los colores en su brillo caliente laten sutiles vibrando encantados sobre la piel que absorbe sedienta los pétalos en flor que renacen en el manglar amorfo que nos cobija bajo la mirada infiel de la eternidad.

Flor de Primavera encendida que exclama en relámpagos las luces de un amanecer flotante en la alegría tórrida del madrigal, pintando la mancha clara que descubre el cielo bajo la próspera faz de crudos tallos compungidos en su erecta impostura. Reclaman las horas vacías el signo crepuscular vespertino que marcará nuestro destino en los colores estacionales que hemos soñado porque adosan nuestra intimidad en la armonía musical que se despliega ancha sobre la faz primaveral de nuestra melancolía.

La Dama Breve

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Desbastan sus palabras despejadas por la enhiesta inspiración ¿nocturna?, con la delicadeza que esboza el pincel al remar incólume sobre los lienzos absortos en los que teje abstractos colores para el alma breve. Es la Dama Breve, arrinconada en los atisbos inquietos de la piel que la arrastra con vértigo y la encarama en las sombras del verbo lascivo, por los cauces aletargados de la pasión gestual derramada en gotas breves (otra vez) bajo la música onerosa de su cadencia también breve.

La Dama Breve, pellizca indolente con afiladas garras las cicatrices dormidas bajo insolentes tatuajes que se extienden perfumados sobre el cerco redimido por la frase consecuente que emerge oxigenada desde su oscuro diván silente, exclamando aforismos tendidos, estirados para declararme libre por el resto de una noche endosada al pecado. Se presagian intensos sudores endulzados que empalagaran la memoria excitada por los vinos descorchados en la atmósfera desnuda que al expandirse embriaga cómplice.

La Dama Breve conmina en su levedad breve, luciendo en su propia intensidad la elocuencia de los jacintos florecidos cuyo aroma se dilata sobre los helechos tupidos donde se enredan los sueños escabrosos; arbustos coloreados, transparentes estallando en suspiros exhalados con cada oración cantada en signos que colapsan cualquier voz. Vibran blandas nuestras venas, agitando tozudas la sangre áspera que tiñe ávida los encantos demorados en la antesala desolada donde dormitan las penas.

Breve, la Dama interpela con crudeza los gemidos obscenos, salivados de suspiros escondidos en los versos que envuelven sus palabras. Descaro que estimula los colores bajo el brillo mate que reclama la insolencia de las sombras poseídas por el viento en el que danza la arena. La cornisa, también breve, emerge por el cielo y alumbra la copla breve de Dama adherida al pincel empapado de palabras que pintan de ficción las fantasías.

El leve aroma de su piel curvada

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Exhalaba sin fatiga el insípido sabor de la indiferencia que se arrastra lóbrega como bronce fundido de sables filudos. Suspiraba vehemente contemplando la brasa fugaz atizada por el viento ondulante que golpea el aire tímido; gemidos calados incitaban los trazos que dominan el horizonte, desbordando el pudor vivaz de las sangrantes llagas vestidas con la cicatriz inexplorable, abrazando las curvas de su piel.

Era su aroma tupido diluyendo inquebrantable los recuerdos magros, regándolos en la espesa atmósfera de encrespadas fragancias. Enredado en laberintos encapotados de oscuridad, éste aroma colmaba con su canto transpirado las lánguidas sombras disipadas por las penas densas de extraño color, que teñía suave las curvas excitadas de la piel reseca en la cara amorfa que la endeble cicatriz encierra tímida.

La leve esencia de su aroma interminable templaba la calma, una tos breve resonaba perdida en la fragilidad cimbreante y escasa que deviene de la ausencia. Aroma oculto en los celosos escarceos que se agitan escarbando las raíces olientes de un pasado ausente. Los álamos lejanos al olfato trémulo, acopiaban ofuscados los sabores degustados en el abrazo escabroso del perfume que le ungía desnuda, eterna.

La incógnita consistencia de la lluvia que no moja, pero humedece la hoja arrugada que embadurna su piel cicatrizada posaba soñolienta en las curvas espontaneas, reflejando el brillo obtuso de su estirada levedad. Quedaban los atisbos deprimidos de la intrascendente caricia entre lágrimas regresando absortas, deprimidas por la desolación que agobiaba en la nostalgia su leve aroma que niega el tiempo.

Su respiración transitoria olfateaba mentiras compensando las extrañas promesas extraviadas en la punzante oscuridad, mentiras transgrediendo sus sensibles fantasías, arruinando sumarias excursiones dilatadas por los altibajos que descubrían los surcos curvados de su vientre, agolpados en profundas ilusiones insospechadas, portando sus profundos aromas hasta la rendición sumaria de su propia eternidad.

Angustiado viajero

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La respiración escamoteada por cada balbuceo fugado de aquellos labios vibrantes, el destello espurio e incontinente de sus proclamas sollozando, épicas, quejas fortuitas estallando en los latidos de su mente: fantasías engendradas en sueños de intenso color, incubadas en la imaginación desnudada por extrañas coincidencias, apáticas paradojas presumiendo de realidad en un otoño de hojas fermentadas por la vehemencia del destino que florece en sus sueños prestados que encendidos se agitan. Plegarias anodinas del viaje que compensan su insensata candidez.

El viajero angustiado, cavando, apurado, senderos atrofiados en atajos esquinados de miradas reposadas, opacas; eternidad difuminada en la densa ráfaga de pétalos violeta, sumergidos en el aciago trajín del péndulo inquieto que zozobra en la tormenta tupida de itinerarios intransigentes. Pesado viento que empasta desiertos con dunas polvorientas en la azarosa confusión de arenas doradas del atardecer. Verdes praderas adormecidas por el frío que abraza aletargado, salpicando blandas caricias de resaca fresca en el encrespado destino que asoma vencido por azar de las circunstancias.

Escollos regados con desordenado afán que trazan sinuosos rumbos deformes en la noche, menguados por la sensatez de lunas refulgentes de mezquina luz que afloja, perversa, la extensión del horizonte desvelando con angustia la verdad estricta de las siguientes paradas. El viaje deseado, la hora esperada, angustias acomodadas que al pugnar enérgicas tropiezan estridentes con la ansiedad del viajero que cabalga ávido sobre escarceos nimios que aprietan su cuerpo con el saladillo sabor de esperanza saciada por trayectos enfrentados.

Viajes en espera gambeteando rumbos ásperos hacia destinos esquivos que trascienden la flagrancia de los tiempos. Dantesca tarea de hurgar en la estéril ingenuidad irradiada por las gentes, los paisajes aturdidos que destiñen su perfil vaciado en climas abrazando la sutil abstracción de la soledad de sabores y pastos coloreados. Armonía melancólica que te aloja desnudo en la confusa eternidad.

Pecado en la orilla

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Flotaba tu sombra en las insignes aguas tórridas de cristal manso que cruje sonoro; se abrazaron los sueños fríos con los olores agotados que aprietan toda nostalgia turgente. La flor de día, entumecida por recuerdos pausados, se bañaba impetuosa en el trajín fatigado por el clamor muy herido de los gemidos palpitantes de tu escuálida voz. Agua empozada empalagando a gotas la orilla del pecado.

Manto acuoso, espejo huraño que brota con la opacidad insulsa de tibias chispas, para transgredir tu reflejo escondido; estruendo verduzco de tallos espigados que sumergen tus álgidas pestañas y cimbran erectos, atónitos.  Oscuras miradas meciéndose para romper la quietud vespertina que acecha con rubor insidioso los calores del pecado cometido en la orilla bajo el pasivo arbusto protector.

El llanto arrasador, comprometiendo la palidez de tu rostro, surfeaba en los tramos fruncidos donde pernoctan recónditos los romances núbiles de embrollo inextricable. Reposa en el reflejo brilloso de tu piel erizada las balas que dispara el agua empozada con la oración del silencio enérgico. Urgente necesidad de liberar ilusiones que se apagan cuando el sol anuncia su caída grávida en el confín más oscuro del horizonte azul estero y nubes.

Enaltecido el corazón se aferró imberbe a la escabrosa piedra arañada en la orilla grumosa de colores encharcados en el alma. Derrochabas fantasías germinadas en tu ingenua mocedad, arrastrando el tiempo hacia el futuro entumecido en las cavidades que te ahogan, empozada por la lluvia del cielo distractor. Las flores, testigos cándidos del sentimiento, ordenan el recuerdo en la eterna caricia que se ilumina en tus noviembres.

Más, tu reflejo ha creado un mundo capaz de complacer tu vanidad y extenderla por todo tu cuerpo ligero, que aprende en pie puntillas a orar en versos surcados por la afonía estridente que sulfata con promesas vacuas, las aguas estancadas del lago baladí envuelto en el disimulado fragor del pliegue geométrico de nuestras sombras.