Piel caramelo

fijo

En el tronar de un tren sin estación, el resplandor de una luz sin piel, el latido punzante de un corazón que derrama sangre tibia; la oscuridad acecha ocultándose sutil en una sonrisa amagada. Es el cuero del sol hirsuto, adosado a risos claros, a blondas y largas vetas, porque negros son tus ojos y alumbran lento, alto, largo; como sobrio manantial de fuego húmedo, que atiza el cielo con la epístola ilegible en la que me hablabas de amor. Los verdes enanitos.

Amor de piel verano, trunco, en tarde de polvo y pasión árida, de vida cautiva sumergida en naufragios que pululan a tono en los himnos sonoros del rock, que nuestros tiempos nos vieron bailar. Tu piel, mi piel, en poros suaves de fabulas secas y lúbricos sudores, piel en fin, piel de monte, piel de carne, piel de hielo y calor, piel de piel que imanta la distancia.

De tu trigueño ensueño, mestizo, de tus lunares insertos, de tu parpado frío que recita, de tus labios a punto… caramelo, de tu rostro atado al mío, de tu piel bermeja, leona, turbia, suave piel  eriza, careta antigua que absorbe el sabor del beso, respira y gime agonizando en pasión animal bajo la lluvia solazada. Si, de los labios del alma.

Humana virginidad, que enclaustra la angustia de pesares sedientos, locuaces caricias de original pecado, olvidado en la sombra que los surcos de tu fruncido ceño, alojan en un nido arenoso encendido sin poder volar.

Eternidad efímera que rasga tus gestos al amarte, copulativa como la y gramatical, con miedo vacío y vano, por quererte en piel soñarte y sorberte en piel amarte. Para tatuar mi llanto contenido en un azul indeleble y cantar tu piel desnuda. En cada beso prófugo te acordaras de mí, porque “el día en que me faltes me arrancare la vida” recitó candoroso, para el Ecuador, la eternidad y el mundo, don Medardo Ángel Silva.

En-Canto obsceno

fijo

La canción que envuelve el llanto y aprieta en un abrazo la voz apagada del misterio divino. Sí, aquel de agrios frutos pero protuberantes carnes, que padece la amargura del melón de mar, robusto como tu encanto, diáfano al ser tu lagrima; incierto de tu beso vivo que sediento y sin cesar, con la prisa avisa al tiempo que el mar ha regresado en gotas de agua atronando el olvido y mordiendo el pináculo que de pie muere en el horizonte. Vuelve y ríe, porque así aprendió a sufrir incólume, sintiendo en el vacío los amores perdidos, esos sollozos que redimen tus labios de carmín prendido en brasas ardientes, llenas del mes de mayo porque en mayo me desmayo.

Soledad sola, de luz perversa y cabello gris albino, tu lamento artero conjura en un caliente beso, los ardores de aquel cuerpo invicto y convicto, de fragancias sin olor y olores muy húmedos que te visten ligera para dormir del lado omiso y preciso, aquel que vibra y alienta las mieles de trigo blando que cultivas al pensar.

Te oirá el cielo y burlaras sus nubes con sórdida alegría, porque has cantado y le has encantado en el infierno, fonio mixto de coros y melodías con las que bailan ataviados los cuerpos desnudos de piel enjuta y hueso roído, suficiente aspereza que sigue volando y gritando que tus alas promulgaron el viento y ahuyentaron al huracán sin nombre que soplando cantó y cantando bailó, en el nombre de los mirlos que reviven para recitar el canto.

Porque el pájaro que ascendió la rama y aplazó la noche, no resiste tus caricias pero asiste a tus convites, con el laxo encanto que flota en tus jardines, de alegres flores al canto que van de encanto.

Los Colores

fijo

Son los de mi bandera, bandera, bandera, los del límpido cielo que rebosa, de las nubes que dormitan candorosas, de las flores cuando cantan sus pesares y trinan sus beldades, de los cerros cuando gritan su pelaje, los del ancho e inspirador mar,  de tu rostro cuando asoma en la ventana. Son los colores de gama baja y de gama alta, del calor sediento y del templado frío, del ardor serrano y del fogoso verano, son los colores.

Color del aire que gotea pálido de noche, del agua al traspasar mis pensamientos y tus sueños, de las  lágrimas y el dolor, de tu risa y tus encantos, del árbol que deshoja escarabajos, de su tallo margarita, del mundo apretado en un planeta, de todas las gamas y todas las paletas, de los telones y los fondos oscuros, de las ventanas, puertas y paredes de mi pincelada tierra, son los colores.

De tus labios carnosos cuando besan, de tus dientes cuando muerden acariciando, de tus ojos que relamen, de la casa cuando nos cobija de la lluvia en viento, de tu bello cabello y del vidrio cuando encuentra su luz, son los colores, los colores.

Del pelaje animoso del animal, del tren que bosteza su pesar, del amor cuando truena e ilumina, del relámpago que apaga nuestro miedo, de la vida y sus demonios albinos, de la zafra cuando endulza tu sudor, los colores, que colores son los colores.

De la música cuando brilla, llora y vibra en indómitos acordes, del poema que sostiene y lacera el alma en un abrazo, de la suerte que aclamada por las sombras, abriga sonrojada los colores verdaderos, si, esos colores “True colors” que con tanta unción melódica nos cantó un gran británico llamado Phill Collins.

El fuego

fijo

“Fuego en la piel” decía el cantante, salserilmente además, y la piel ardía con el mismo sabor del frio cuando abraza tu cuerpo entumecido por los rayos de luz, que un adusto fogonero aprieta desde el furgón metálico que refriega tus encandilados poros. Fuego salsero e ígneo cercano al proverbio y, porque no, a punto de ser adverbio. Pero, fue por proverbial que vino a cantar nuestros días, arrastrado por el aire de nuestros antiguos cercanos predecesores. Sí, por azares de la casualidad elíptica no llegó a ser verbo ardiente, pero lo sublime, lo bailado, ni lo comido, no se lo quita ni quitara nadie, no.

De tus llamas ígneas y amarillentas por azules, florecieron supremas ascuas que ahogadas en tu regazo flamearon la transparencia omnímoda que enamora al tiempo, ese infiel invento del hombre que segundo a segundo desmenuza los azarosos minutos que alteran tu diario pensamiento. Quemar quisieras la herida que supura el dolor del alma flagelada por los dientes de un fogoso ardor involuntario.

Dolor que arde y entibia la costra viva donde tu voz quedó grabada cual tatuaje verde-azulino-grisáceo, que por minúsculo e indeleble se consume ignoto en las brasas de la ira del promiscuo tiempo, el mismo tiempo que justo a tiempo transpiró el humo que vibrante alardeaba en el aire impuro, desde donde cantándole a la vida quemabas con ardor lo que el fénix como ave alcanzó a legar desde sus grises cenizas.

Si señor, “Solamente, cenizas quedaron” lo dice con unción, en un entonado y tradicional huayno de mi tierra, la pluma del doctor Moisés Castillo Villanueva. Y lo cantaremos por siempre los huaracinos con inusitado ardor.

Las manos del pecado

Estándar

La misma mano con que blandía la copa, vendría inmediatamente a acariciar la desnudez inmutable del cuerpo cobrizo estirado sobre la sábana de un conventual tálamo; cuerpo enjuto, estremecido por un encanto floreciente que se acrecienta deforme, bajo el sonido de un aullido áspero que unta de sosiego el espeso aire que les rodea. Manos de dedos avivados, de garbosos movimientos que arden voraces en el fuego vivaz, de ansias amansadas desde el umbral caliente del pecado que advierte amenazante la inevitable intrusión a las galeras oscuras del infierno inhóspito, donde se acoge a los impíos con el látigo flagelador que exprime de dolor los estériles estertores del deseo.

Manos nudosas que flotan frías en el vacío remanso de tupidas voces escamosas; venosos apéndices anatómicos exaltados que se trenzan, bajo el insípido aroma de matices coloreados que devanean fatigados y se desgastan todavía incólumes, en los enredos de ideas espesas que atosigan a la pasión y ensombrecen sus fuerzas hasta la instancia perentoria de la capitulación irreversible. El deseo explota revestido de pasión, enlutado por una gama brillante de colores amagados que se escocen para triturar la ambición agazapada del atiborrado rencor poroso de los recuerdos presumidos, adornados por el suspiro de un pálpito seco. Efímeros movimientos que se dilatan enmudeciendo la memoria sibilina de sus cuerpos.

Manos del pecado silente en el atrincherado camino, persiguiendo feroces el destino, guiadas por el instinto y atravesadas por púas indolentes que electrizan la piel con acongojada crueldad que amilana a los arrepentidos; manos insurrectas que al rasguñar agrietan con chirridos ostentosos, los poros sudorosos, en el remilgo apelmazado de la escabrosa superficie del apetito arrimado al temblor innato, adosado al recuerdo del amor desnudo, de las caricias del pecado, mano a mano su mano; de su estancia en la gloria adherida a la traición del corazón que ha estallado al evocarlo.

Bajo un cielo tan azul

Estándar

Mi cielo tiene un color plasmado en sus costuras inhiestas y pedantes. El aleteo intenso de aves en espasmo ciñe con certeza las esperanzas turgentes, templadas como el estornudo fatigado de un apático resfriado. Bajo el despliegue de sus sombras, el paisaje centenario irrumpe los recuerdos que se esconden frágiles en la frescura matinal, que asoma tímida, en el desván abarrotado donde guardo los pensamientos más obscenos. Es su azul indiferente que espanta sin consuelo las infructuosas oraciones extendidas e incólumes, derogando los pecados desde ese tono que se asfixia tan azul.

Es su azul profundo que perturba cálido, desparramando lágrimas escurridizas y penetrantes, en la soledad ingenua de insólitos villancicos, absorbidos por nubes gordas que adornan un destino previsto de traiciones, cuyos sonidos afloran convulsos en latidos inflamantes, confundidos por el sosiego acalambrado que azuza a gotas, los corazones extraviados en la orfandad insulsa de la canción que agita el alma en su aguda tristeza.

Se viste de blanco cielo, mi cielo, ajustado como el velo de la novia que duda cuando marcha sufriente y llorosa al altar vedado, encandilada por el resplandor infinito de rayos cromados de sol porfiado, con el desdén desparramado en la recóndita atmósfera que envuelve en ahogo al cielo, mi cielo.

Es mi cielo azul que cobija en sus noches más pardas a la luna plateada por sus luces, que reprime con dolor los ósculos calientes e incesantes que provoca la coqueta voz destellada por sus retaceados menguantes. Mi cielo, que ignora en el reflejo de las estrellas el desafío de mirarse ante el espejo de océanos agazapados, gimientes de obscena sospecha, en la uniformidad esencial de la penetrante mirada de azules versos inmensos, recitados al infinito, clamando enfático, rebelde y espontáneo desde el lánguido y pálido color que expone en su deformidad. El cielo, mi cielo.

Sintiendo miedo

Estándar

El miedo pretérito espanta urgido los encantos impasibles de la sonrisa redonda que esparces, entre lamentos aleteados, en el viento inclemente de la tarde gris que enfurece a las aves coronadas con blondas sedas. Los blandos pliegues curvilíneos en carmín usado, duelen en tus labios, es la mueca absorbida reclamando al infinito la inminente traición de tu cuerpo, reflejo bronce brillante, triste bajo ese miedo fugaz que ha poblado los sentidos.

Cóncavos gritos se despliegan ahogando en mar, los minutos mezquinos de un martirio a secas que asoma en su camino a la eternidad; doblegado en el temblor que me atosiga, presiento las garras del miedo, otra vez, y me envuelve la flagrante herida que surca irreverente mi piel en cicatriz estrecha, salpicando vehemente su ardor escondido en los renuentes poros apretados quienes no duermen inconformes e irritados.

El vacío infinito en el cual flotas, esconde la distancia efímera sobre cuyas huellas tropiezo mi embriagues temerosa, cuando tu recuerdo me abandona azaroso. El fulgente verano en perenne agitación, nos rodea con cada gota de sol que rebota en los frutos pulposos de la árida arena que, al parir los árboles en solemne rito, oculta atolondrada la oración que recita para regocijarse de los pesares sospechosos de un amor impaciente.

Encantos fragantes que sucumben, con escalofriante temor, al dolor del grito que se hace alarido brumoso en vapor ardoroso de aire viscoso. Se engañan nuestros cuerpos y estallan su miedo, en una pena solemne, palpitante e inmisericorde, vaciada sobre la ruta marcada por el Dios que vigila tu ausencia permanente de mis ojos rasgados por lágrimas agrias, piel fría de colores moribundos.

El miedo, mi miedo, se sostiene en la cascada de cristales que caen acuosos, rizados, como clamando la única respuesta esperada del cielo que se contrae salivando en rocíos la lluvia que no redime mis penas, pero las refresca.

Tu Voz

Estándar

Tu voz casposa traduce los gemidos, mordiendo el paladar en el que burbujas ácidas espetan alteradas los sonidos que nos guían a través de amorfas olas espumosas, enlodadas desde el copioso sudor que ennoblece nuestros cuerpos, y prospera avasallante por los poros humedeciendo las pausas afónicas del silencio ronco que posa desnudo, perseverante en el delirio.

Letales sonidos se mecen presurosos como llagas contenidas en su infame agonía. Voz, la tuya, raída por la algarabía que delata el sabor de tu cuerpo aceitado en lánguidas caricias de pieles dóciles y erguidas, flotando sonrojadas en el tálamo enclavado de ardiente intimidad. Me empalago de fragancias opacas que abrazan en la sombra, las cóncavas infinitudes de tu cuerpo alisado.

No obstante, la eminencia de tu voz transita vanidosa, inminente, cociendo los pliegues distraídos en la extenuada emoción de ansias descoloridas, que alteran el calor de la sangre y se sumergen en los escollos escabrosos del dolor. Es la odisea que embate nuestros cuerpos que se atoran abruptos en la levedad maciza y gris de la duda que atormenta y emplaza la verdad.

Tu voz se expande obtusa y dictamina con desprecio el trance del silencio, escatimando las caricias acechantes que palpitan con el suave encanto de un beso dirimente. La desnudez se atosiga por el turbio e incesante fragor de los minutos que nos acercan al final. Y nos doma el silencio que reclaman nuestros cuerpos mudos en su plácido gozo.

Los estruendos se agotan, erizados en bemol, derriban las cercas sedosas y los espacios azules. El fuego atizado por el juego astuto de esos cuerpos, carboniza las pulpas astilladas de las hojas esmaltadas que derraman su lamento en la morada oscura que cobijo los sonidos fingidos lamiendo con aspereza las notas disonantes para darle magia al cantar flagrante de tu voz.

Caminante

Estándar

Se anticipó al silencio con un sollozo destemplado y alarmante. Sus pasos elongados trazaban elocuentes, sobre su sombra, el perfil de una tristeza desolada, consumida a sorbos como ascuas que se agotan denigradas por un fuego lento y transparente, abrazador. Las gotas infinitas que el tiempo te derrama, Caminante, proclaman con angustiado sarcasmo la inevitable levedad y se despliegan como un manto blando sobre tu piel seca en el sudor. Un bostezo apremiante, en la penumbra de la noche esmaltada con los colores del erguido pendón, persigue tus huellas para deslindar el sendero envuelto, gruñido y áspero, que te arrastra infatigable al final agonizante de tu alborotado trajín, contándole al viento los sueños prohibidos, desdeñosos, frenéticos y cínicos del alma acongojada, pálida y apacible en el trance siniestro; legado de tus épicas batallas.

Te has perdido en la ruta del retorno desde el destino insólito, Caminante. El paraíso ha negado tu visita, ese paisaje olvidado, mezquino, que en su centro esconde el fin vaciado en luz; el pasado hierve en tu memoria, atosigado por el perfume opaco de pardos olores rebosando en miel que se adhiere cual pelmaza a la piel. La cadencia equilibraba de tu musculatura rebelde se agita sobre la cuerda tensa, Caminante, y no cede ante la enérgica pasión con que meces las caderas, para pernoctar los amores danzantes, bajo la álgida ilusión de tu cuerpo agonizante, desbocado por celos que destiñen tu horizonte. Encuentra la ruta de azimut que apunta hacia las horas postreras. Dejate llevar por los instantes, trasladate muy lejos para ejercer la doctrina de la pasión que gobierna emociones, que mueve al mundo en los atascos necios del futuro árido que no asoma.

Sobrevivirás y volverás a empezar, dueña de la fe que enciende la ilusión, que siempre te lleva de regreso al paraíso suspendido en tu pasado.

Cristal astillado

Estándar

Estalló álgido agrietándole la saliva que le rondaba el paladar y reprimiendo, en sus ojos rasgados en flor, punzadas de dolor despierto que retienen una lagrima estirada. En su voz los gritos se desparramaron como chispa candente que abraza la piel reseca en bronce nocturno. El cristal estallado, deslucido en los retazos de esa elocuente transparencia, renegaba airado por la luz matinal, porque reprime el recuerdo virgen de esos amores presuntuosos. Su llanto meloso se anegaba en el despliegue astillado de los retazos blancos sin color del cristal roto que no le devolvería ya la mirada esquiva.

Cadenciosa la sangre envolvía su herida rasgando la superficie sedosa, desde la que fingía sin pesar el daño anunciado con la ampulosidad de sus gemidos, advirtiendo en señas una costra breve, sumergida bajo la sed casposa de un despertar avinagrado, donde los besos del sol se derrochan leves pero soberbios, empañando de brillo bronce apagado, con su luz, los fragmentos escamoteados del cristal en retazos que le ciegan, turbando su soledad distraída bajo las estrías carnosas, fecundas y embriagadas que pernoctarán adustas dentro de su cuerpo blando en medio de la noche enloquecida.

Sus huellas se crispan granuladas en la sombra, su cuerpo rebota leve y soportable, regresando del miedo reflejado en la memoria del cristal rígido que estalló en los pliegues de su apesadumbrada anatomía; la penumbra estrecha de la pasión desenfrenada sucumbió exasperada en la vigilia de sus amores nocturnos, de brillos suaves, lánguidos y adormecidos, que se postran sumisos en el peregrino retorno de la fecunda soledad que la apretó en la noche frenética de cristales rotos y trozados alumbrando su congoja blanca. El cristal desde sus ojos, mira atónito la fuerza de los vientos que se posa en la herida abierta y paciente de su recuerdo retaceado.

El humo del café

Estándar

En las comisuras espumosas de la superficie del hirviente café, navega el aroma precoz y oscuro de un color que nace envuelto en los brazos agazapados del humo atosigado y trepador; la cadencia acongojada de sus movimientos arrastra su cándida esbeltez. Placentero letargo que agita el gris sinuoso de coquetos aleteos perfumando el sudor ceñido en ristre a los más sensitivos pálpitos de tu cuerpo mecido por el pensamiento. Me sumerge en la redondez de tu elocuente busto que ofusca el paladar.

Los caminos distraen la ascensión del humo infinito abstraído en las caricias de suaves apretones con calor intrínseco que embadurna dilatado, la atmósfera burbujeante de aires densos y nublados, donde se transcriben ilegibles los mensajes del deseo y de los sueños enmudecidos en tu voz. La espesura sorda de tus gotas describe amarga las ansias arrugadas de quebrados quejidos, hilarantes voces que blasfeman onduladas desde los atisbos más recónditos de las venas que embeben el pardo palpito de tu corazón.

El insípido sabor de la espesa oscuridad atavía el espejo alabastrado en el que las chispas rezagadas de la noche, mojan anhelantes los pálpitos del candor humeante de olores que seducen con besos traslucidos de inclinada resignación, bajo el recuerdo entumecido del viejo e infinito café que, henchido en su malteado recipiente, se vuelca ardoroso en la abrupta fatiga de deseos y burbujas que agonizan lánguidas y fluyen arrogantes por las entrañas más inhóspitas de tu cuerpo adormilado.

Flechada por olores humeantes señalando tu ausencia inesperada, te asfixian los humos disipados en la brisa despegada de tus ojos entibiados por la efímera emoción que pulula fría en tu conciencia, rezando inclemente en inocencia juvenil bajo las campanas dobladas en metal bronce, como el albor turbio de las almohadas que acaricias en la noche desde el destierro redimido de tu sueño acongojado.