El Granítico

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Su piel mojada, y adormecida por el esfuerzo deslumbrante, fue envuelta con la tela de dos colores emblemáticos que destellaban al reflejar el vigor de su sangre y la pureza en el alma. Sí, su bandera, atavío justo para vestir el cuerpo curtido en sudores desperdigados desde las venas de un guerrero abrazado por la gloria. Agazapado campesino venido de la tierra y el cultivo fértil. Espartano bramando sobre un verdoso gramado con un balón arrastrado con enjundia desde las chacras fecundas que frente a su mar prolijo lo vieron crecer.

¡Oh! Granítico, enhiesto e inmortal, trascendente, señalándonos la ruta, limpiando el camino, contagiando, con la fuerza de un alud indómito, la esperanza popular, que titilando desfallecía cuando para siempre la inflamabas hasta la apoteosis solar, con tu soplo pulmonar inagotable. Nuestro destino en tu fuerza pétrea de algodón peruano, la dignidad impertérrita de un pueblo asomando por tus pies desde tu corazón estoico enrojecido en sangre viva.

Encrespada la testa, esparciendo la mirada del humilde que lucha sabiendo que en su lucha se juega el honor altivo, de un humano que en su piel de miel canela imposta la gallarda presencia que los mortales agradeceremos eternamente al admirar erguidos su granítica anatomía de huesos bravíos, de héroe popular en cuerpo y carne enfundada por el sol, lamida por la lluvia, enervada por el viento que arrostraba a su paso el vendaval de la solemne pasión con que enseñaba que su gloria era, en fin, nuestra gloria.

Prodigiosa la nostalgia rememora tu innata altivez. Acuciosa la memoria retoma punzante, cual agudo testigo perenne, tu granítica figura de acervo y tesón que en tu serena virtud nos brindaste a tiempo y en el tiempo por los tiempos que pregonaran para siempre tu gloria perpetua. Pundonor y vergüenza es tu legado, histórico Héctor Chumpitaz Gonzales. El Gran Capitán.

¡El Granítico!

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El árbol seduce al bosque

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Atravesado el viento por silencios frondosos en los atardeceres rugosos de cuarzo derretido en miel. Blanda hendidura de dientes níveos, que brillando vespertinos en el regazo de la lluvia floreciente, fraguaron el fuego que da nombre al tiempo adviento en el otoño azul. Hojas que restriegan su olor en el tallo erguido, de aquel mástil alongado, desde cuya sombra vimos la luz ardiente del cristal perfumado en raíces estrujadas por la tierra mojada en sed.

Del bosque un árbol que delata ausencia en el húmedo bregar que tu piel describe, porque acusa matinal y nocturna, bajo los verdes pliegues que arrugan tu ambigua historia inerte. Árbol de mis bosques, de ciudad pequeña, de alamedas frescas, de calles añejas que declaman al sol prendido en vela, cobijando amores pueriles y hasta efímeros, amores perros. Árbol que empuñas la fruta que aflora fecundada bajo el frío y ventisco azote que gime en cada ojo que acomoda tu piel.

Mil vidas presumidas guardan su preludio, en el rincón raído que cubre tu cuero de rio sangrante; árbol que en la vorágine batió sus alas derrapando los hechizos e ironías de un destino ofuscado en las venas que bañan tu cuerpo de color. Árbol que al crecer indómito en dolor, arañas el verde tronco que te alude y florece sombrío, con ramas que en tus ojos tiemblan al sorber el néctar cruel que derramó tu aliento aquel verano templado.

Que mueres de pie cuando te matan, dice el poeta; que vives altivo cuando no mueres, dice el leñador; que acudes garboso, pregunta el cielo en  lluvia; que duermes insomne cuando te honran; que sostienes con tu peso el sabor infame que nos honra, bajo el cobijo eterno de la primavera espesa del verde campo cegado al óleo, de un pincel que rasgó tus versos engullido de olor pimiento en gotas secas de pudor.

 

Lluvia ahogada en rio mar

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Las tinieblas de un amanecer ungido en mi memoria, despiertan un prosaico recuerdo que inunda y aletea en rigor con vigor el viento, son gotas de vida que fue lluvia y hoy es río al mar. El miedo se envanece y grita en gemidos solapados su pesar. Diverge el agua que modesta es lozana y pétrea. Sonidos en el aire, a golpe de humo, que arrastra en peso el beso, remedando la noche solitaria en la que vino a esperarnos la mañana.

Miedo en la mañana bajo lluvia alterna y viento frágil, recuerdos de un ayer eterno y distante, a cuyo tono sometimos las caricias, también las mieles que regó la lluvia, deslizó el río y profanó el mar, quiero encontrar tu cuerpo junto al mío, ahogar mis celos en el regazo húmedo que bañó tus ojos con mi llanto. Mírame cuando te ame, dijo el chino Iwasaki.

La lluvia en miedo, mojado el manto, nadando esclavo, ahogado en mar de seda, de noche aflige la memoria de un mañana que no llega, que al sabor de sordos fríos encuentra su universo, henchido en el tiempo sin memoria. De noche oscura a tiempo, ahorcada de nostalgia, sumida en los partos del camino donde mullidos nos miramos, detener las ganas y crujir el tiempo en un aliento, sin voz (ni voto) pero con loto, sí, como esa flor acaecida.

Que nunca amanezca mi penumbra si mi dolor se llevó tu celo, porque  tu sangre es mi miedo en río, es piel de mar que fluye, poro cuando hierve lluvia, y gemido cuando tiembla. Me burlare de las estrellas, porque incluso en el cielo “vale la pena llorar…. cuando es por tí”, así cantaban los pastelitos todavía verdes, en el candor de los setenta.

Nos mojaremos, mi amor, juntos en las gotas de la tarde nublada de lluvia en jueves, el aciago jueves que mató a Vallejo en París. El vate.

Piel caramelo

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En el tronar de un tren sin estación, el resplandor de una luz sin piel, el latido punzante de un corazón que derrama sangre tibia; la oscuridad acecha ocultándose sutil en una sonrisa amagada. Es el cuero del sol hirsuto, adosado a risos claros, a blondas y largas vetas, porque negros son tus ojos y alumbran lento, alto, largo; como sobrio manantial de fuego húmedo, que atiza el cielo con la epístola ilegible en la que me hablabas de amor. Los verdes enanitos.

Amor de piel verano, trunco, en tarde de polvo y pasión árida, de vida cautiva sumergida en naufragios que pululan a tono en los himnos sonoros del rock, que nuestros tiempos nos vieron bailar. Tu piel, mi piel, en poros suaves de fabulas secas y lúbricos sudores, piel en fin, piel de monte, piel de carne, piel de hielo y calor, piel de piel que imanta la distancia.

De tu trigueño ensueño, mestizo, de tus lunares insertos, de tu parpado frío que recita, de tus labios a punto… caramelo, de tu rostro atado al mío, de tu piel bermeja, leona, turbia, suave piel  eriza, careta antigua que absorbe el sabor del beso, respira y gime agonizando en pasión animal bajo la lluvia solazada. Si, de los labios del alma.

Humana virginidad, que enclaustra la angustia de pesares sedientos, locuaces caricias de original pecado, olvidado en la sombra que los surcos de tu fruncido ceño, alojan en un nido arenoso encendido sin poder volar.

Eternidad efímera que rasga tus gestos al amarte, copulativa como la y gramatical, con miedo vacío y vano, por quererte en piel soñarte y sorberte en piel amarte. Para tatuar mi llanto contenido en un azul indeleble y cantar tu piel desnuda. En cada beso prófugo te acordaras de mí, porque “el día en que me faltes me arrancare la vida” recitó candoroso, para el Ecuador, la eternidad y el mundo, don Medardo Ángel Silva.

Ave de Peso

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Ni gavilán ni paloma. Fue águila que contra el aire y las nubes agitó el alma. Plume, solapado y socarrón tosió su cuerpo, trepidando en el impío y sombrío horizonte. Animal de corral nocturno en la tarde matinal, que adusto y a gusto, serio y cervantino voló dejado en sus alas. Oh, pájaro en mano sientes volando. Más vale.

Fue de garra seca y sangrante, ligero en el alivio y rosado en el sonrojo, lloró en agrio almíbar rugiendo enconado un grito. Pico fino y atónito, que peleó silbando y esbelto perdió amargas batallas sin ser pírrico. Cabalgante afortunado de carmín esmirriado en tiempo eterno, envolvió en su alado manto, la masa fría de los vientos dorados, que navegan errantes hacia un cielo pintado de fina, muy fina, estampa. Chabuca.

Bípedo de uñas sucias y largas pero bravías, entierra en el imperio lastrado su pico altivo. La carne viva, irreverente y trémula añora y pregona los caminos que el Dante describió. De baile en candor, de cuerpo y voz en fuego helado, de raza y fulgor, de erecto plumaje nacido para morir y muerto para renacer, moldeado en la insolencia incólume del fénix icónico. El ave.

Ave prístina de piel prudente, que al abrigo de las noches de invierno cerrado, acerado, besó las húmedas comisuras mutiladas, melosas de aquellas ramas viejas y complacientes en las que posó su vida untada en orgullo, y adobó sus sueños de libertad condicional. Libertad era un asunto, Piero.

Bípedo plume acuñado en monedas, arrastrado como emblema desde la desidia de su vasto perfil, yace imperecedero en los iconos metálicos del tiempo, cual argentarios escudos masticables que agenciosos indemnizan a esa rocola, que maquinalmente escupe una balada en la que José José aletea nuestros recuerdos al son de “Gavilán o Paloma”. Sí: Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar. G.A. Bécquer.

De tus Ojos las Lágrimas son

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De tus ojos, espesos manantiales que azotan el candor reprimido con pelados gritos, de esos espejos relucientes que redimen el cristal arcaico de tus lágrimas, de tus ojos que salpican gotas con sabor a tiempo drenado. De tus ojos son las lágrimas.

De dos lámparas lucientes que reflejan la verdad indómita de tus sueños y afanes, que el pasillo rezó con verdes melodías; de las miradas transparentes y gruesas, afines y distantes de surcos encandilados, que disipan olores frugales y crepúsculos difusos, en los cóncavos parpados que suspirando anuncian tu alegre voz apagada por el llanto dormido del atardecer. De tus ojos las lágrimas son.

De sus límpidos colores que derrochan sabores alegres, blandos, mojando pieles de algodón que cuelgan del tejado, clamando por un cielo, que pinta de azul indeterminado el horizonte. De tus lágrimas los ojos son.

La lagrima que gota a gota se hace mar, y al revolotear como un tsunami del alma, conmueve tu expresión, y abraza con pesar la desdicha que acaricia tus oportunas formas que trascienden la verdad y la noche, y sumergen la  conciencia. De tus ojos son.

Son tus lágrimas de mar altivo, de manantial brillante, de cuerpo impúdico, de basta y florida anatomía, de una palabra que desnuda la canción en el silencio, de la plegaria matinal incierta del camino, que tus ojos descubrieron temprano al viento, al rocío, a la flor y sus regazos. De mañanas celestes y sombras rojas que diluyen el destino en el fragor del sol. De tus lágrimas y tus ojos son.

Son, entonces, tus ojos, los ojos de tus lágrimas los ojos de aquel Vals peruano: dos luceros que reflejan, que iluminan hasta el fondo de mi alma? Si. Son tus ojos Zenobia y al igual que Juan F. Paz, tu presumible autor, yo espero que por mi tu corazón se ablande. Por mis ojitos chinitos.

En-Canto obsceno

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La canción que envuelve el llanto y aprieta en un abrazo la voz apagada del misterio divino. Sí, aquel de agrios frutos pero protuberantes carnes, que padece la amargura del melón de mar, robusto como tu encanto, diáfano al ser tu lagrima; incierto de tu beso vivo que sediento y sin cesar, con la prisa avisa al tiempo que el mar ha regresado en gotas de agua atronando el olvido y mordiendo el pináculo que de pie muere en el horizonte. Vuelve y ríe, porque así aprendió a sufrir incólume, sintiendo en el vacío los amores perdidos, esos sollozos que redimen tus labios de carmín prendido en brasas ardientes, llenas del mes de mayo porque en mayo me desmayo.

Soledad sola, de luz perversa y cabello gris albino, tu lamento artero conjura en un caliente beso, los ardores de aquel cuerpo invicto y convicto, de fragancias sin olor y olores muy húmedos que te visten ligera para dormir del lado omiso y preciso, aquel que vibra y alienta las mieles de trigo blando que cultivas al pensar.

Te oirá el cielo y burlaras sus nubes con sórdida alegría, porque has cantado y le has encantado en el infierno, fonio mixto de coros y melodías con las que bailan ataviados los cuerpos desnudos de piel enjuta y hueso roído, suficiente aspereza que sigue volando y gritando que tus alas promulgaron el viento y ahuyentaron al huracán sin nombre que soplando cantó y cantando bailó, en el nombre de los mirlos que reviven para recitar el canto.

Porque el pájaro que ascendió la rama y aplazó la noche, no resiste tus caricias pero asiste a tus convites, con el laxo encanto que flota en tus jardines, de alegres flores al canto que van de encanto.

Los Colores

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Son los de mi bandera, bandera, bandera, los del límpido cielo que rebosa, de las nubes que dormitan candorosas, de las flores cuando cantan sus pesares y trinan sus beldades, de los cerros cuando gritan su pelaje, los del ancho e inspirador mar,  de tu rostro cuando asoma en la ventana. Son los colores de gama baja y de gama alta, del calor sediento y del templado frío, del ardor serrano y del fogoso verano, son los colores.

Color del aire que gotea pálido de noche, del agua al traspasar mis pensamientos y tus sueños, de las  lágrimas y el dolor, de tu risa y tus encantos, del árbol que deshoja escarabajos, de su tallo margarita, del mundo apretado en un planeta, de todas las gamas y todas las paletas, de los telones y los fondos oscuros, de las ventanas, puertas y paredes de mi pincelada tierra, son los colores.

De tus labios carnosos cuando besan, de tus dientes cuando muerden acariciando, de tus ojos que relamen, de la casa cuando nos cobija de la lluvia en viento, de tu bello cabello y del vidrio cuando encuentra su luz, son los colores, los colores.

Del pelaje animoso del animal, del tren que bosteza su pesar, del amor cuando truena e ilumina, del relámpago que apaga nuestro miedo, de la vida y sus demonios albinos, de la zafra cuando endulza tu sudor, los colores, que colores son los colores.

De la música cuando brilla, llora y vibra en indómitos acordes, del poema que sostiene y lacera el alma en un abrazo, de la suerte que aclamada por las sombras, abriga sonrojada los colores verdaderos, si, esos colores “True colors” que con tanta unción melódica nos cantó un gran británico llamado Phill Collins.

El fuego

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“Fuego en la piel” decía el cantante, salserilmente además, y la piel ardía con el mismo sabor del frio cuando abraza tu cuerpo entumecido por los rayos de luz, que un adusto fogonero aprieta desde el furgón metálico que refriega tus encandilados poros. Fuego salsero e ígneo cercano al proverbio y, porque no, a punto de ser adverbio. Pero, fue por proverbial que vino a cantar nuestros días, arrastrado por el aire de nuestros antiguos cercanos predecesores. Sí, por azares de la casualidad elíptica no llegó a ser verbo ardiente, pero lo sublime, lo bailado, ni lo comido, no se lo quita ni quitara nadie, no.

De tus llamas ígneas y amarillentas por azules, florecieron supremas ascuas que ahogadas en tu regazo flamearon la transparencia omnímoda que enamora al tiempo, ese infiel invento del hombre que segundo a segundo desmenuza los azarosos minutos que alteran tu diario pensamiento. Quemar quisieras la herida que supura el dolor del alma flagelada por los dientes de un fogoso ardor involuntario.

Dolor que arde y entibia la costra viva donde tu voz quedó grabada cual tatuaje verde-azulino-grisáceo, que por minúsculo e indeleble se consume ignoto en las brasas de la ira del promiscuo tiempo, el mismo tiempo que justo a tiempo transpiró el humo que vibrante alardeaba en el aire impuro, desde donde cantándole a la vida quemabas con ardor lo que el fénix como ave alcanzó a legar desde sus grises cenizas.

Si señor, “Solamente, cenizas quedaron” lo dice con unción, en un entonado y tradicional huayno de mi tierra, la pluma del doctor Moisés Castillo Villanueva. Y lo cantaremos por siempre los huaracinos con inusitado ardor.

La Fiebre

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En la hora de la calamidad añoré tu olor, la penumbra ofuscó mi semblante, abrumando el aire oscuro en mi mirada obtusa que de sudor latía. He padecido una noche amarga sin tenerte cerca, indolente reinaba la fiebre intentando alcanzar la cúspide del dolor que adormecía mi atónita agonía.

Se han regado los sudores humedeciendo la estriada piel que tú conoces porque, en fin, le diste vida; espasmos agotados han brotado intensos en el fragor de calores que adormecen los colores y socavan los sabores de un paladar atrofiado por los verbos encendidos en la fiebre mercurial.

Redimida la energía en el ocaso de mi cuerpo, la fiebre enviste atareada, aleteando sin pausa todos los confines de una anatomía turbada, que no resiste ni los recuerdos, ahora distantes por tu ausencia que ha callado en la noche, como un amor extraño que no perdona la distancia.

Todo es vacío, un letargo animoso acaba la calamidad que amilana la luz, silueteando sobre mi cuerpo, como el abrazo de una ola de mar que arrastra la memoria por los linderos espinosos del olvido. Suspira el sufrimiento amorfo que me atraviesa punzante en esta la hora amarga del dolor.

En el cielo está clavada la luna, ardiente también, anuncia el declive de ésta masa corporal y reclama el tibio frío, para emplazar el sosiego de los ojos ásperos que claman tu presencia en la nube acongojada de lágrimas secas por el inclemente calor de la siempre aciaga fiebre.

Que se encienda la luz, en plegaria, hasta el regreso de tu cuerpo, para entibiarme el alma cristalina que ha sufrido el peso de una noche impaciente, demoliendo con su vuelo rasante, el rocío que envolvió mi cuerpo en las tinieblas anunciadas en mi sangre bajo el intenso calor que nos carcome. ¡Oh La Fiebre!

Aves amantes

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Suspiraron atronadoramente, eran aves melifluas a pesar del ocaso verde de humedales raleados que se desperdigan desordenados en el espinar domado de la vegetación áspera que alumbra placientes dolores redondos. Se atragantaron los arboles bajo la embestida silente de la espesa atmósfera inclemente, que domina circunspecta el color del umbral ardiente, donde pájaros de labios entumecidos, por el fragor impuro de una lucha a la que le sobrevive la desidia de su ligero vuelo, se envuelven rudamente en la esfera brumosa y encorvada que dormita sutil encaramada en sus corazones anodinos.

Los trinos agudos de sabor metálico inoxidable han presumido en sincrónico e infalible coro, reclamando la calidez del viento para ahuyentar el sopor aciago de las luces ardientes de un Sol escamoso que disuade los colores advertidos por el azul de la naturaleza impávida. El aleteo incesante ha vestido de dudas la mancha del crepúsculo vespertino que se apaga en un amargo pálpito, desvirtuando deliberadamente la sombra de frondosos arbustos redimidos a la pasiva discusión que aflora en los sentidos pomposos y atrofiados de la naturaleza adormilada que aloja a sus silvestres habitantes en la pasividad del animal que duerme arrullado por el sol.

Bajo el manto pesado de la levedad, se baten perpetuas masas aladas en busca de ramas estiradas que soporten incansables sus incognitos deseos. Bendita la pasión que deviene de la seducción distraída, de una mirada de botón esférico en esmeril reluciente, que traspasa el rubor del amor aplastado en los enjambres rugosos del destino terco que infiel aflora a través del incesante verdor que la estepa amorfa en su forma benevolente, les ha erigido. Es el premio de un paraje que acompasa la estancia espumosa de cuerpos que se dilatan ariscos en la dolorosa transición de los sentidos y sus ardorosas formas. (Sobre una rama romero, dos palomitas amantes se decían: no hay como el amor primero-chuscada de Ancash-Perú).

La sombra de los recuerdos

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En los portales oscuros ya destartalados, donde nuestras voces opacas asomaron efímeras cual trino acabado de aves perversas de un solo nido, hemos arrastrado desdeñosamente los recuerdos espesos, sumergidos en la sombra obtusa de frívolos signos engullidos por la noche conmovida. El regodeo de animales cuadrúpedos que nos circundan nerviosos, agudiza el ansia galopante en seco de grasientos cuerpos cimbreantes que exclaman a la luna acojonada desde el fragor flagrante y emancipado de nuestra respiración.

Sombríos y perdidos en el tiempo, evocando minutos coloreados que hacen parir en dolor recuerdos amorfos, nutridos de nostalgia presumida, sucumbiendo en el paladar de la noche con lágrimas inconsolables y raídas en la fuga del esplendor rústico de vidas que convergen desde la versión más profunda de los sueños vespertinos, proclives a su propia eternidad desfilando eternos, en el fragor disperso de la mancha que envuelve el aire despierto del veredicto inapelable del tiempo que ya no nos pertenece.

Se ha desangrado el árbol aciago, herido y blasfemando sin esperanza, resistiendo el peso de los cuerpos confusos bajo el sopor profundo del alcohol que moja sumiso sus vapores, deambulando en gotas cadenciosas, cuyo latido palpita en el recuerdo de los corazones trémulos y trastornados que a la distancia entonan la pálida melodía, y  denuncian con melancolía arrastrando ofuscados el aire del destino herético que no acata las plegarias desmedidas de las voces que trinaron en los portales que albergaron nuestros pasos.

Sombra que brilla con ardor asfixiante, y se fatiga en el rubor sonoro de los pasos cadenciosos que han marcado la huella profusa de la mirada traspasada por el viento. Miranos a través del recuerdo del dolor superfluo que en la distancia aflora y acusa al tiempo promiscuo y basculante entre el pasado que ya queda lejos y el futuro aún lejano quien domina al péndulo errático que domina nuestras penas.

El viaje al paraíso

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Al transcurrir los minutos amorfos, se estremecieron las angustias, rasgando la piel tensa y áspera de las maduras hojas secas del higo que ha parido la noche en la sequía estival de la cosecha silente. El aroma brusco del viento perdido en la bruma verde de la naturaleza distante, gimoteaba nervioso atisbando el entorno engomado de flores pálidas que anuncian ansiosas la transparencia del destino que se mece en los estertores de los sueños que florecen enhebrados. Es el recuerdo atormentado de un viaje al paraíso.

Flotando leves e inquietas, sus manos se estiraron para atrapar despiertas las fibras alargadas de una vegetación que le apretaba los recuerdos espigados en su cuerpo alado. Transporté su peso envuelto en manto abierto, abrigando la esperanza de envolverme en el trayecto de extrañas pasiones fatigadas que ceden y sobreviven a sus propias historias, que nacen adormecidos en la emoción de los días de dolores cómplices, al nutrir de gozo el viaje atormentado al paraíso obtuso de sus sueños.

La vida y el destino rendidos en el ardor de la batalla altiva del viaje a lo desconocido, atisbaron su renuncia acalorada al mañana que se pierde en la emoción que hiere, cicatriza y no vuelve. La sonrisa extendida de los labios, tras la miel embadurnada del carmín que absorbe el brillo, en la locura aglomerada de veranos que azotan la razón y dan paso en el rencor al paraíso entumecido que no asume sus razones.

Ni las nubes que lo ablandan, níveas, en su absurdo reflejo, pueden definir el límite flotante del universo adormecido que susurra en las noches ladinas, cuando siento el peso aletargado de su cuerpo bajo el resplandor azul de un cielo que se enciende adusto, aplastando indómito las ásperas hojas del higo seco que adorna nuestro viaje al paraíso.

La memoria en mi destino

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Serena la memoria adormecida cobija en sus pliegues agudos los sonidos insensatos que entumecen el recuerdo. Los tiempos se consumen embriagados en la hoguera que se cuela por las mentes entornadas de meandros apretados entre implícitos viajes a lapsos esquivos que presumen de años discurridos y estaciones moribundas de vida en sol de sueño primavera.

El nervio membranoso inerte sujeta trémulo los circundantes vericuetos adiposos del destino arbitrario y amorfo, pospuesto día a día, apretando, más, los pasos ungidos del instinto, cuyo pudor no aguarda, ya, la inesperada lluvia risueña y arrobada de los campos y tus mares ataviados de risos dispersos, crestas rancias y olas secas agitando apuradas los versos esparcidos de tú voz.

Memoria acallada desde el grito unísono y tormentoso del silencio disfrazado que anima mi destino amorfo; atados los pasos, en cada turno estremecidos por estragos que sacuden el cielo en la tierra, como los álamos del bulevar remecidos bajo el signo peregrino de calendarios siniestros que denuestan las palabras delirantes de nuestros recuerdos en tormentas aldabadas por tus ojos que no ven.

Te he llamado, épico, y me has oído, homérica, a la hora en que las señas se descifran en la soledad enervada por la distancia augusta y mancillada, de la mano de esta noche sin luz que alumbre el vino seco, excitándote memoria de colores vespertinos, unidos, conmovidos por el derroche emanado en la razón plagada de olores gastados en el transcurso de tu eternidad y mis besos.

Sientes la llamada con el fragor insulso y los gazapos efusivos de una luna intensa, inflada en ti memoria, como los vientos azotes muriendo lánguidos en las formas más mustias del desierto arena que nos envolvió de nuevo cual destino que adopta el polvo como el signo que se oculta en su sombra memoria.

Grano de arena

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Arena poseída por el aliento alado de un dinosaurio que vomita atónito y desgarrado, en un soplo, su furia contenida en efímeras eras disconformes con su tiempo. Agonía pretérita de longevas tierras que desdeñan con su canto la oración fecunda que azota en su vaivén sus granos redondeados. El viento sopla en ristre los besos arenosos de un verano lluvia en sol.

Arena granulada regada en sal quejosa que navega entre mares ríspidos y bravíos con su danza creciente y candorosa, que carente exclama alarmada en ciernes. La luz espesa del vasto pregón en canto pulula sobre el horizonte blando del envainado crepúsculo. Húmedos los poros que se cuecen por sus granos infinitos de materia eterna.

La cresta de agua sosegada te allana, arena, con la ínfima succión de una nube asolada, empañando el brillo remojado de tu cuerpo seducido por los destellos verdes de la estepa que te envuelve a tientas, pronunciando con sus sombras el aroma granulado de tu abrazo batiente en tus alas al volar insomne el aire que te cubre con pudor a secas. Cuerpo emérito que se agrieta con el tiempo, también, a secas.

Arena de célebres colores desperdigados por los confines más íntimos del ruborizado océano aquel, cobijo lánguido en torno a líneas prófugas que insinúan incontenibles las pasiones desquiciadas por la religión del dios mayor, rugiente y desbordante, envuelto en la azarosa túnica que aprieta con dolor las penas propias y ajenas. Ansias sumergidas en hoyos incestos de uniformes cavidades.

Arena de mar que sucumbes bajo los pasos del niño que arrastra incólume su mirada esquiva, detrás del perro que atónito bulle abstraído de la razón raída que atosiga al sol apaciguado por la lluvia que adormece tu piel terrosa de grano y carmesí.

Porque en la arena mojada escribí tus nombres. Vadeado por el manto de una ola.

La Laguna Incandescente

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En la seda raída que envuelve solemne la brisa de la laguna aturquesada que circunda tu cuerpo exhausto, brilla tenue el polvo efímero que abarca tus breves modales. Lejos parpadea el sol adusto que reverbera en tu mirada transparente las noches del arduo lodo en el lado opuesto de la mampara azul. Vegetación insomne que abraza al viento con vigorosa exaltación, cual meandros rugosos en tensa piel.

La palma doliente de tu mano amenaza a la tarde dudosa que alumbra el horizonte incandescente; sonidos dormidos se alzan lánguidos, en el crepúsculo que adormilado resume en blandos versos, la doctrina infame del pecado inflamado que amenaza incólume los trinos enredados en la estela húmeda de lágrimas que refriegan la madurez del día que se opaca bajo la sombra dadivosa de la luna arrinconada.

Es tenso el rubor del aire cuando te absorbe entera bajo el ansia encendida de un cuerpo memorioso en sus deseos atónitos. La marea quieta en charcos espumados que se encrespan en el ecuador de tu ignota geografía, atraviesa las más ásperas ansias regadas, cual ungüento que asoma brillante en tu piel caricia caramelo blanco intenso de bronce en sol domado.

Indomables renacerán de tus sueños embriagados, las flores dispersas que atolondran al necio corazón culposo, en el debate estéril de razones que se enredan flagrantes en tus venas que palpitan al ritmo perverso de la rojiza tinta indeleble, desplegada cual oscura mancha por la vasta superficie del resto de tu anatomía alongada por el mudo vaivén que el tiempo le ha dado a tu espigado cuerpo.

Laguna incandescente, atormentada por el rigor del frío que castiga inclemente las quejas telúricas de las montañas circundantes, bajo el dominio de colores que devuelven la vida que los siglos de los siglos han cantado epicúreos la vetusta pasión que nos domina.