Las manos del pecado

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La misma mano con que blandía la copa, vendría inmediatamente a acariciar la desnudez inmutable del cuerpo cobrizo estirado sobre la sábana de un conventual tálamo; cuerpo enjuto, estremecido por un encanto floreciente que se acrecienta deforme, bajo el sonido de un aullido áspero que unta de sosiego el espeso aire que les rodea. Manos de dedos avivados, de garbosos movimientos que arden voraces en el fuego vivaz, de ansias amansadas desde el umbral caliente del pecado que advierte amenazante la inevitable intrusión a las galeras oscuras del infierno inhóspito, donde se acoge a los impíos con el látigo flagelador que exprime de dolor los estériles estertores del deseo.

Manos nudosas que flotan frías en el vacío remanso de tupidas voces escamosas; venosos apéndices anatómicos exaltados que se trenzan, bajo el insípido aroma de matices coloreados que devanean fatigados y se desgastan todavía incólumes, en los enredos de ideas espesas que atosigan a la pasión y ensombrecen sus fuerzas hasta la instancia perentoria de la capitulación irreversible. El deseo explota revestido de pasión, enlutado por una gama brillante de colores amagados que se escocen para triturar la ambición agazapada del atiborrado rencor poroso de los recuerdos presumidos, adornados por el suspiro de un pálpito seco. Efímeros movimientos que se dilatan enmudeciendo la memoria sibilina de sus cuerpos.

Manos del pecado silente en el atrincherado camino, persiguiendo feroces el destino, guiadas por el instinto y atravesadas por púas indolentes que electrizan la piel con acongojada crueldad que amilana a los arrepentidos; manos insurrectas que al rasguñar agrietan con chirridos ostentosos, los poros sudorosos, en el remilgo apelmazado de la escabrosa superficie del apetito arrimado al temblor innato, adosado al recuerdo del amor desnudo, de las caricias del pecado, mano a mano su mano; de su estancia en la gloria adherida a la traición del corazón que ha estallado al evocarlo.